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La insoportable manipulación del independentismo catalán

Tiempo de lectura 4 min.

04 de enero de 2017. 00:33h

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Los publicistas más cursis del nacionalismo catalán han definido el proceso independentista como la «revolución de la sonrisa». A nadie se le escapa que, por más simpatía que pongan en sus exhibiciones de masas, la causa que defienden supone acabar con el Estado de Derecho en Cataluña. Se trata, por lo tanto, de pura propaganda administrada sin control desde todos los resortes del poder omnímodo de la Generalitat y del sistema asociativo –y parasitario, en muchos casos– nacionalista. La «revolución de la sonrisa» no se entendería sin este inmenso aparato de propaganda y de una maquinaria de movilización de tal unanimidad que acaba siendo coercitiva para quien, sencillamente, no participe del credo oficialista. El nacionalismo impone su ley en todos los ámbitos y sectores de la sociedad y queda poco margen para la disidencia. El último ejemplo es de una grosería política que sobrepasa todos los límites: la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Òminium –los dos bastiones de choque del «proceso»– han hecho un llamamiento para que la cabalgata de los Reyes Magos de Vic se llene de farolillos con la bandera independentista. Y en vez de recibir la repulsa inmediata de las autoridades políticas catalanas, ha encontrado la compresión de la Generalitat o, como ha expresado la portavoz, Neus Munté, los ciudadanos harán lo que consideren «más conveniente». Pero existe una pequeña diferencia: la cabalgata de Vic será retransmitida por TV3, que, como es sabido, es la cómplice necesaria para la puesta en marcha del plan secesionista. Sólo la pérdida del sentido de la realidad puede permitir que un acontecimiento como una cabalgata sea utilizado para una campaña que sólo ha conseguido dividir en dos a la sociedad catalana. El papel de los medios de comunicación públicos en el proceso independentista ha sobrepasado todos los límites deontológicos y de objetividad. De manera especial, TV3 se ha convertido en una televisión del «partido único» del soberanismo, dejando en la marginalidad y en la irrelevancia, cuando no la burla, a los que quieren seguir formando parte de España, que, si nos guiamos por los sondeos oficiales del CEO, son la mitad de los catalanes. Como prueba de que sólo tiene en cuenta a una parte de los ciudadanos, están los recién publicados datos de audiencia: la cadena ha conseguido, en 2016, su peor cuota de pantalla. Ni casos tan bochornosos como la utilización de niños en la Diada de 2013 para decir delante de las cámaras que «es en 1714 cuando dejamos de ser independientes» han obligado a corregir sus tics manipuladores. Ni tampoco por este suceso el Consejo Audiovisual de Cataluña amonestó a TV3. Hay que tener en cuenta que las subvenciones oficiales que reciben la ANC –3,5 millones en un año– y Òmnium –13 millones entre 2005 y 2012– son empleadas para mantener el estado de movilización permanente en favor de la secesión. Es decir, el dinero público, al servicio de la independencia. Lo que hechos como la de la cabalgata de Vic demuestran es que la «revolución de la sonrisa» empieza a estar agriada y que parece abocada a un callejón sin salida y a una guerra interna por el poder en la Generalitat. Empieza a hablarse de elecciones anticipadas y Carles Puigdemont amaga con no presentarse a la reelección. Cataluña vive una situación política de absoluto desgobierno, con la sociedad partida en dos y entretenida, mientras tanto, en insoportables campañas de propaganda, como la utilización de una cabalgata de los Reyes Magos.

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