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La Otan recibe con recelo a Trump

Tiempo de lectura 4 min.

26 de mayo de 2017. 04:02h

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no ha tenido, precisamente, un buen comienzo con sus aliados en la OTAN. Acuciado por los problemas presupuestarios de un programa de adoméstico que pretende reducir la carga impositiva y, al mismo tiempo, incrementar la capacidad de su Ejército, el nuevo inquilino de la Casa Blanca reclamó con su franqueza habitual, que otros consideran inexcusable falta de tacto, que todos los miembros de la Alianza Atlántica cumplieran el compromiso de aumentar su presupuesto de Defensa hasta el 2 por ciento del PIB para aliviar a los contribuyentes estadounidense de una carga que, según dijo, no están asumiendo la mayoría de los socios. Es cierto, y así lo ha reconocido el Consejo Atlántico, que las nuevas amenazas terroristas, que operan en un escenario global; el rearme de Rusia, con un proceso acelerado de modernización de su Armada; el riesgo de proliferación nuclear que supone el desarrollo atómico de Corea del Norte, y las tensiones crecientes en el Pacífico occidental demandan un mayor esfuerzo financiero a los 28 miembros de la OTAN, que no todos están en situación de afrontar, pero también lo es que la Alianza precisa de una profunda redefinición de sus funciones y de sus objetivos estratégicos antes de abordar el incremento presupuestario. Entre otras razones, porque no es la primera vez que los Estados Unidos y su tradicional escudero, el Reino Unido, confunden los intereses estratégicos propios con los del conjunto de la Alianza Atlántica, por ejemplo, en el diseño de los equilibrios en Oriente Próximo. Por otra parte, como ayer señaló muy oportunamente el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, la implicación de los distintos miembros en el esfuerzo colectivo no tiene siempre relación de proporcionalidad con los presupuestos de Defensa propios. Es el caso de España que, pese a dedicar sólo el 0,9 por ciento del PIB a los gastos militares, es el segundo país de la UE con presencia en operaciones de la OTAN, de la Unión Europea (UE) o de la ONU, y también en la coalición internacional contra el Estado Islámico. Asimismo, el Consejo Atlántico volvió a dejar patente la renuencia de la mayoría de los socios a la llamada «política de automatismos», es decir, a comprometer la capacidad de decisión nacional en estructuras de mando conjuntas. Ha sido el caso de la coordinación de esfuerzos en la lucha contra el terrorismo islamista. El Consejo se ha mostrado dispuesto a reforzar las redes de intercambio de información estratégica sobre el fenómeno terrorista, pero está muy lejos el día en que se conformen unidades militares autónomas para intervenir contra los distintos grupos yihadistas que actualmente operan desde Filipinas hasta la costa occidental de África. En definitiva, los distintos gobiernos respaldarán la entrada de la OTAN, como organización, en la coalición global que lidera EE UU contra el Estado Islámico, pero cada país tendrá la última palabra a la hora de aportar unidades de combate. Paralelamente a la cumbre de la Alianza, Donald Trump mantuvo sendos encuentros, los primeros de carácter oficial, con el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, y con el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker. Como era de esperar, y pese al tono amable de la reunión, se mantienen las diferencias sobre las relaciones con Rusia, la lucha contra el cambio climático y las garantía al libre comercio entre la nueva Casa Blanca y Bruselas. Son escollos que, en el caso ruso, donde Europa pretende mantenerse inflexible ante la política expansiva de Vladimir Putin, afectan también al equilibrio interno de la Alianza Atlántica. Queda mucho por negociar con Donald Trump.

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