sábado, 24 junio 2017
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Sánchez repite el mismo error

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No parece que el 39º Congreso Federal del PSOE haya resuelto los dos principales problemas que aquejan al otrora representante hegemónico de la izquierda española: la fractura interna y la ausencia de un programa político y económico creíble para esa mayoría social que ha dejado de verse representada en sus siglas. En este sentido, el Pedro Sánchez que ha ganado la secretaría general del Partido Socialista es el mismo que ha llevado al PSOE a sus peores resultados electorales. Tiene, es cierto, mucho más poder interno que en su primera época al mando del partido y ha conseguido blindarse frente a cualquier disidencia con una Ejecutiva Federal a su medida, en la que no figura nombre alguno –salvo, quizás, el de Patxi López– que no le haya demostrado cercanía y fidelidad a lo largo del proceso de primarías. Pero, con todo, Sánchez no debería olvidar que ha sido elegido con el menor número de apoyos en la historia reciente del Partido Socialista y que entre los derrotados reina una resignación exenta de cualquier entusiasmo. Es decir, que el PSOE sigue dividido en dos sectores antagónicos y, pese a los juegos florales declarativos, el nuevo secretario general no ha hecho gesto alguno que abra una vía, por pequeña que sea, hacia una futura reconciliación. Es fácil endosar esa brecha a una supuesta batalla de personalismos, pero, a nuestro juicio, las diferencias que las aclamaciones y los himnos del cierre del Congreso parecen haber opacado tienen una profunda raíz ideológica. En efecto, el PSOE ha girado con Pedro Sánchez hacia un izquierdismo populista que no guarda relación con el proyecto de una socialdemocracia moderna, con vocación de Gobierno y sentido de Estado que surgió de la mano de Felipe González en la ya lejana Transición. Tal vez, el discurso extremado de la catástrofe y de la deslegitimación de la derecha desde un sectarismo impropio del tiempo que vivimos pueda llevarle a recuperar algunos de los votos que se fueron a Podemos, pero como le ha ocurrido al socialismo francés, el discurso de los recortes y los impuestos a las grandes fortunas, la pretendida «magia presupuestaria» de todas las izquierdas, acaba por darse de bruces con la realidad y lleva a la frustración social, que se cobra la factura en las urnas. No menos grave, a efectos de lo que decimos, es que ese mismo modelo voluntarista se extiende también al concepto de la organización territorial del Estado. Puede pasar, incluso, la falacia, casi convertida en muleta dialéctica, de equiparar un inexistente «neocentralismo» del Gobierno del Partido Popular con la cerrazón separatista de la Generalitat de Cataluña, pero, como en el planteamiento económico, el alivio «plurinacional» de la inventada «nación de naciones» durará el tiempo justo de que se impongan los hechos, que es inexorable, y el PSOE deba definirse frente al desafío del referéndum separatista. Al final, no sólo habrá contribuido a sembrar la confusión en la que tan a gusto se desenvuelven los nacionalismos, sino que llevará forzosamente al desconcierto a buena parte de los votantes socialistas, que son, de entre todos los españoles, los más apegados al actual modelo autonómico. Pedro Sánchez tiene a su alcance, sin embargo, la posibilidad real de convertir de nuevo al PSOE en alternativa de Gobierno. Tiene los apoyos dentro del partido y la autoridad que la da la victoria en las primarias. Pero no tendrá éxito si pretende mimetizarse con la izquierda populista o, lo que sería mucho peor, transige en un pacto con quienes niegan la vigencia del Estado surgido de la Transición. La vía es, precisamente, la contraria: la vuelta a las fórmulas moderadas de la socialdemocracia.

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