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Vuelve la locomotora alemana

Tiempo de lectura 4 min.

12 de enero de 2018. 23:16h

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12/1/2018

Aunque sujeto a la ratificación de las bases socialdemócratas, el acuerdo de Gobierno alcanzado ayer entre la actual canciller alemana, Angela Merkel, y el líder del SPD, Martin Schulz, para renovar la llamada «Gran Coalición» ha sido recibido con indisimulada euforia en el resto de la Unión Europea, y no sólo entre los sectores económicos. En efecto, la estabilidad política de la gran potencia continental europea era una condición previa para abordar el gran impulso que precisa la UE y que debe traducirse en una mayor integración fiscal de la eurozona, siguiendo el proyecto planteado por el presidente francés, Emmanuel Macron. De hecho, los dos líderes políticos germanos, cuyas respectivas formaciones habían sufrido un fuerte correctivo electoral en los últimos comicios, han hecho de su compromiso con el futuro de Europa la piedra angular de su nueva alianza y el argumento con el que se pretende convencer a una ciudadanía cada vez más renuente a la reiteración de las mismas políticas. Pero el riesgo que corren Merkel y Schulz de aumentar la desafección entre sus respectivos cuerpos electorales se atempera ante la alternativa de afrontar una repetición de las elecciones, que, en lo que se refiere a la CDU, supusieron la emergencia de la extrema derecha y, en lo que respecta a los socialdemócratas, su peor resultado desde 1949, con incrementos cortos, aunque significativos, de los liberales, los verdes y los comunistas. Sin embargo, no deberíamos despachar como mero tacticismo la apelación a la responsabilidad alemana con la UE que han hecho ambos líderes. Como señaló la canciller al dar cuenta del preacuerdo alcanzado, la experiencia dicta que cuando Europa está fuerte, Alemania crece y prospera en igual medida. Por ello, desentenderse, en aras de intereses partidistas, de los problemas a los que debe enfrentarse la comunidad europea no parece que forme parte de la actual cultura política alemana. De ahí, como señalábamos al principio, que la promesa de estabilidad que supone el acuerdo de Berlín se haya recibido con satisfacción y, en lo inmediato, se haya traducido en un fuerte repunte del euro y en una caída generalizada de las primas de riesgo continentales, con la excepción de Grecia. Entienden los mercados que la recuperación de un eje franco-alemán reforzado y netamente europeísta es la mejor baza frente al panorama inquietante que conforman el Brexit, la inevitable supresión de los estímulos monetarios del Banco Central Europeo y los impredecibles efectos de la reforma fiscal impulsada por Donald Trump en los Estados Unidos, que, entre otras consecuencias, puede suponer la repatriación de buena parte de los capitales norteamericanos reinvertidos hasta ahora en Europa. El «proyecto Macron» pretende crear un presupuesto común europeo de inversión como instrumento financiero y político de estabilidad de la eurozona, pero, también, que sirva para acelerar la convergencia social. Formaría parte del gran paquete de medidas de reforma, entre las que se incluyen la unión bancaria y la armonización fiscal, que demanda España desde hace años. Pese a que la Unión Europea crece sostenidamente y ha dejado atrás las peores consecuencias de la crisis económica, a nadie se le oculta que los estímulos artificiales del sistema financiero, muy útiles en su momento, tienen los días contados. De cómo se reconfiguren los equilibrios económicos va a depender el mejor o peor futuro de la UE y, en este campo, la vuelta a la escena de una Alemania fuerte y estable, alejada de tentaciones nacionalistas, es la mejor de las noticias.

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