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Abrirnos a la esperanza

El terrorismo, la violencia asesina degradan al hombre, corrompen la sociedad, denigran a los pueblos. Quienes los cometen o los incitan son enemigos del hombre, son enemigos de la paz, son enemigos de Dios.

Tiempo de lectura 4 min.

22 de agosto de 2017. 22:48h

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Antonio Cañizares 22/8/2017

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Ante los dolorosos, terribles y destructores atentados de la semana pasada en Cataluña, es necesario abrirse a la esperanza de que es posible romper esa larga cadena de los horrendos delitos del terrorismo que ofenden vivamente la dignidad y el honor del hombre. Una sociedad justa y bien constituida nunca, jamás, puede instaurarse mediante el odio y la violencia asesina. Ningún crimen, ningún asesinato queda justificado por más razones que los que los asestan pudieran imaginar con mentira, cuyo padre es Satán.

El terrorismo, la violencia asesina degradan al hombre, corrompen la sociedad, denigran a los pueblos. Quienes los cometen o los incitan son enemigos del hombre, son enemigos de la paz, son enemigos de Dios. Los asesinos yihadistas del DAESH son los principales enemigos de la tierra a la que dicen falsamente defender y rescatar, y más aún son enemigos, especialmente destructores, del Islam, religión que debe ser respetada, en la que se adora e invoca al Dios vivo, único y misericordioso. Una tierra, una religión, un culto se defiende con la paz y la justicia, con el reconocimiento del Dios único y verdadero que quiere que el hombre viva, practique la misericordia y proteja al hermano. No hay fe ni hay paz cuando el hombre es asesinado, y no hay paz sino odio y destrucción, ni hay mayor blasfemia contra Dios que cuando se comete la mayor de las injusticias que es el matar al inocente e indefenso, al que Dios especialmente ama. La violencia asesina no es un medio de progreso ni mucho menos de construcción o de resolución de los problemas. La violencia asesina ofende de manera suprema a Dios, a quien la sufre y a quien la practica. El mandato divino absoluto «no matarás» debe guiar la conciencia de los hombres si no se quiere repetir la terrible tragedia y destino de Caín. La paz y la justicia no puede ser establecida por la violencia; la paz y la justicia no pueden florecer nunca en un clima de terror, de intimidación o de muerte. Por ello, los terroristas yihadistas son amenaza principal para España, para la humanidad entera y Europa y para nuestros hermanos musulmanes que son destruidos desde su entraña misma. Deben dejar las armas y acabar ya de una vez por todas y para siempre su terrorismo homicida y arrepentirse.

Estamos convocados a que, juntos, todos busquemos los medios para poder defendernos, para poder defender a todo hombre: lo exige el derecho, el principio de toda convivencia humana, lo exige y reclama Dios. Hay que salvar a nuestra sociedad de esta terrible lacra y de esta sinrazón del terrorismo. Unidos, siempre unidos, todos unidos, la unidad es imprescindible para acabar con el terrorismo: unidad sin fisuras de todas las fuerzas, unidad inquebrantable de los Estados y naciones, unidad de las religiones. Es preciso salvar a esta sociedad de esa violencia.

Elevo a Dios mi súplica desde lo más hondo para que cese ya tanta violencia, que es un signo más de una cultura de muerte, y nos abramos decididamente a la instauración de una cultura de la Vida que tiene en Jesucristo, muerto y resucitado su más profunda fuerza y fundamento.

Elevo a Dios mi plegaria para que cese tanta violencia por parte de los enloquecidos y enajenados terroristas, lo pido y suplico por intercesión de Santiago, que fue eliminado violentamente de la tierra de los vivos para dar testimonio del que es la Vida, Cristo, Hijo del Dios vivo, enviado a los hombres para que tengamos vida. Santiago, como nuestro Señor, murió sirviendo a los hombres. Santiago patrono y protector de España, forjador de Europa, porque en el camino de peregrinación hasta su tumba en Compostela se abrió y se gestó la Europa que somos y queremos.

La fuerza que de verdad puede vencer la destrucción asesina brota de la fe. En la afirmación y en el reconocimiento de Dios, que afirma al hombre y su dignidad inviolable como persona, en la escucha de la voz divina que interpela a Caín y pregunta por su hermano, en el testimonio de Dios vivo que lo apuesta todo por el hombre está la raíz que posibilita la paz. Es preciso que el Evangelio de la fe, que el Evangelio del amor y de la vida penetre en el corazón del hombre. Es necesario esforzarnos, juntos y todos, en superar la cultura envolvente de muerte y de desprecio del hombre y de su verdad, de la Verdad, de nuestros días, en cuyo seno se gesta, crece, se desarrolla y alimenta también el terrorismo, incluido el yihadista. Los cristianos, por nuestra fe en Dios, tenemos la responsabilidad y el deber inapelable de defender y abrir las posibilidades de la vida, educar para una cultura de la vida y para una nueva civilización del amor. Esto supone la revitalización de nuestra fe en Dios.

Pidamos al Señor por nuestros hermanos, víctimas de los atentados acaecidos en Cataluña, donde estos días hemos podido apreciar y ver tantos signos de solidaridad y amor que indican que el Evangelio no está lejos de nosotros. Pidamos a Dios también por las tantísimas víctimas del terrorismo, singularmente del yihadista, en tantas partes, que nos hacen pensar con el Papa Francisco que nos hallamos inmersos en una nueva guerra, «la tercera guerra mundial» que es preciso combatirla y ganarla, y no precisamente con armas que matan, sino con las armas que cambian el corazón del hombre, las armas de la razón, de la verdad, del amor, de la justicia, de la educación y de la fe. Pidamos que cese para siempre jamás el terrorismo. Pidamos a Dios, rey de paz y principio y fuente de sabiduría, que conceda sabiduría a las autoridades que rigen los destinos de pueblos, naciones y tradiciones religiosas para que, juntos, busquen, encuentren y apliquen las medidas más justas y eficaces para erradicarlo. Y que a todos nos conceda esa sabiduría suya necesaria para trabajar responsablemente en pro de la convivencia y de la paz en justicia, verdad, libertad, sabiduría y amor. Ahí está la esperanza a la que necesitamos abrirnos.

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