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Caspe

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16 de septiembre de 2017. 21:55h

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En estos momentos de duda y enfrentamiento en torno a esa vital cuestión del papel que Cataluña debe desempeñar en ese conjunto nacional que curiosamente aparece en documentos occitánicos con el término «Spanya» que nos revela así su herencia romana y contenido, los historiadores nos sentimos impulsados a analizar aquellas situaciones que en 1410, 1640 y 1703 ya se produjeran. Hoy suelen ser mal interpretados como si se hubiera pretendido entonces romper la unidad que tan ventajosamente construyeran los condes de Barcelona estableciendo esa forma de Estado –unión de reinos– que la Constitución de 1978 ha venido a restaurar en términos de autonomía. Lo que a los catalanes preocupaba en las tres ocasiones mencionadas era defender sus propias normas jurídicas ya que de ellas dependían las «libertades». En 1410 el Compromis de Caspe logro un gran éxito y de él procede esa forma de Estado que seguimos llamando Monarquía, aunque se hayan producido ajustes necesarios con el tiempo. Sería bueno para los exaltados de nuestros días acudir a los análisis de eminentes historiadores. Aquí vamos a recurrir a las lecciones aprendidas de Ferrán Soldevila, Daniel Girona, Jaime Vicens Vives y Manuel Dualde que estudiaron a fondo el Compromis. En primer término debemos tener en cuenta que es Cataluña quien descubre una de las raíces esenciales en la Monarquía hispana: el pactisme. Entre rey y reino, iguales en cuanto personas humanas, existe una relación contractual que consiste en cumplir y hacer cumplir los fueros, usos y costumbres ya que de ellos dependen las libertades. Una afirmación valiosa para nuestros días: desobedecer la Constitución significa destruir la libertad de la sociedad. Eso no impide reajustes cuando es necesario hacer frente a nuevos problemas. Pero en el documento que fue aprobado, y de modo especial en Cataluña, depende la defensa de esa democracia que muchos, imitando a Maduro, pretenden ahora destruir. Ya lo hicieron los totalitarismos y sus resultados están a la vista de todos.

Martín el Humano había vivido con amargura sus últimos años al morir inesperadamente su único heredero que portaba su mismo nombre falleció a su vez el 11 de mayo de 1410 sin haber propuesto a las Cortes el nombre del sucesor. En las horas finales de su agonía, inclinados los ojos hacia la pared, el monarca recibió a los consellers que venían a preguntarle si consideraba justo que le sucediese aquel de sus parientes que presentase a juicio del reino los mayores derechos. La respuesta, mero gemido, fue interpretada como una afirmación. No se trataba de elegir sino de reconocer aplicando los principios constituyentes.

Los consellers de la Generalitat de Barcelona tomaron entonces la iniciativa: a falta de un rey no era posible convocar Cortes, aunque sí un Parlament con facultades para debatir el problema, pero no para tomar decisiones legales. Y así lo hicieron recomendando a los otros reinos que hiciesen lo mismo. Y aquí hallamos la clave de la profunda significación del acontecimiento. La Generalidad dotó a sus mensajeros de instrucciones: lo importante no estaba en decidir cuál entre los parientes del difunto rey que reclamaban sus derechos debía asumir la realeza, sino mantener la Unión de la Corona ya que de ella dependía que pudieran lograrse los objetivos que debían seguir permitiendo una solución en los problemas económicos y sociales que eran muy serios. Cataluña era consciente del enorme valor que para unos y otros representa la unidad. Algo que los importantes empresarios catalanes de nuestros días siguen afirmando. España debe mucho a Cataluña pero esta tampoco debe olvidar lo mucho que debe a España. El importante imperio colonial catalán que cubría entonces la ruta de la seda hasta las afueras de la misma Alejandría dependía de que todos juntos y también algunos más estuvieran sólidamente unidos en una empresa que a todos importaba.

Mallorca, Cerdeña y Sicilia, que formaban entonces parte de la Unión, recogieron el mensaje y añadieron incluso un detalle: que los tres reinos peninsulares resolviesen la cuestión de la persona; ellos no lo discutirían sino que ofrecerían su firme lealtad a aquel que reinase en Barcelona. En una verdadera Monarquía lo importante no es discutir quién es el individuo que ciñe la corona, sino el reconocimiento absoluto del orden constitucional. Aragón, Cataluña y Valencia iban a designar tres personas de cada uno de estos reinos para que tomasen la decisión.

Y entonces uno de los candidatos cometió el error decisivo en el que parecen incurrir en nuestros días los que a sí mismos se autocalifican del partido que no es otra cosa que tirar por la borda la Constitución que ha hecho posible remontar crueles herencias y notorias deficiencias: Jaime conde de Urgell que ocupaba un puesto lejano en la lista de pretendientes decidió recurrir al golpe político como medio de imponerse. De este modo se estaba rompiendo el pactisme y a un gran número de catalanes pareció que el violento pretendiente amenazaba la unidad y la libertad consideradas como esenciales.

He ahí la gran lección: nueve expertos en derecho seleccionados por cada uno de los tres reinos se reunieron en Caspe entre marzo y abril de 1412. Superando las reservas que el feudalismo sembrara la femineidad, decidieron que los derechos correspondían a Fernando el de Antequera que era precisamente hijo de Leonor, la infanta hija de Pedro IV. Y Fernando fue reconocido. Curiosamente estaba ejerciendo en Castilla la regencia de su sobrino Juan II cuya legitimidad defendiera. Ahí estaba lo esencial del pacto entre rey y reino. Aprendámoslo bien: si se quebranta o altera unilateralmente una Constitución los daños para el país y sus moradores son inevitables.

La gran lección de Caspe que nuestros políticos deben aprender. Un Estado se encuentra «constituido». Y si ese eje sustancial se quebranta, los males que llegaran a alcanzar a todos los que la aprobaron pueden ser irreparables. Defender la catalanidad es algo que a todos incumbe. Pero toda ella se apoya sobre los cimientos de una fundamentalidad legal y no partidista. Es de esperar que se eviten las equivocaciones.

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