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¿Complacencias?

Acertadamente denunciaba Maxime Fourest en «Liberation» (1): «Si un solo orden constitucional –húngaro, polaco o español– fuese derrocado por la subversión de las normas democráticas, por un partido o coalición hegemónico y mesiánico dentro de una Europa basada en la separación de poderes y la jerarquía de las normas, habría que escribir ya su obituario»

Tiempo de lectura 4 min.

27 de septiembre de 2017. 22:30h

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Luis Alejandre 27/9/2017

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Este sábado día 30 se cumplen 79 años de la firma del Pacto de Munich firmado por Chamberlain, Primer Ministro del Reino Unido, Daladier, Jefe del Gobierno francés, Mussolini y Hitler. El acuerdo convocado por presiones del Führer representó la desmembración de Checoslovaquia, país nacido en 1918 finalizada la Primera Guerra Mundial sobre las ruinas del Imperio Austrohúngaro. Su presidente, Edvard Benes, que no encontró más salida que el exilio, manifestó dolorido que se habían tomado decisiones «sobre nosotros, sin nosotros, contra nosotros».

En un principio se trataba sólo de la anexión de los Sudetes, región en la que vivían tres millones de personas de habla alemana y sobre las que, según una hábil, aunque sucia, propaganda de Goebbels, «se habían cometido atrocidades contra mujeres y niños».

Chamberlain tras su encuentro con Hitler declaró que se había firmado una «larga paz para nuestros tiempos» creyendo que con aquella cesión se evitaba un nuevo conflicto mundial. Quiso ver en su política de apaciguamiento (policy of appeasement) la solución a los males que se ceñían sobre una Europa inmersa en una grave crisis económica y social, mal cerrados los Tratados de Versalles.

Churchill le diría después en una frase lapidaria: «Usted tuvo que elegir entre la humillación y la guerra; eligió una humillación que nos llevará a la guerra». En otras palabras, Maquiavelo, cinco siglos antes (1513), ya había sentenciado: «Quien tolera el desorden para evitar la guerra, tiene primero el desorden y después la guerra».

Porque Hitler no se conformó con Silesia, una de las partes de aquel rompecabezas étnico y lingüístico que incluía a Bohemia, Moravia y Eslovaquia. Un año después, en marzo de 1939, invadía el resto de Chequia y convertía a Eslovaquia en un estado títere. Contagiados, Hungría y Polonia, también con la complacencia de las potencias occidentales, se apuntaban al despojo incorporando territorios habitados por húngaros y rutenos y polacos.

Curiosamente hoy Hungría y Polonia son los países que representan los movimientos nacionalistas antieuropeos y de hecho el ultranacionalista húngaro Viktor Orbán ha sido el único mandatario europeo que «aceptaría el resultado de un referéndum en Cataluña por muy ilegal que sea», diciendo con inequívoco mensaje populista: «La voluntad de las personas es siempre lo que importa».

No andan alejados de estas tesis los italianos de la Liga Norte siempre con el mismo discurso de agravio de las regiones ricas frente a los «

parásitos del sur», apelando al principio clásico del nacionalismo: «Solos nos irá mejor que compartiendo el futuro con los demás».

Contra estas ideas, acertadamente denunciaba Maxime Fourest en «Liberation» (1): «Si un solo orden constitucional –húngaro, polaco o español– fuese derrocado por la subversión de las normas democráticas, por un partido o coalición hegemónico y mesiánico dentro de una Europa basada en la separación de poderes y la jerarquía de las normas, habría que escribir ya su obituario». Hablamos tristemente de opciones disolventes del proyecto de una Europa Unida, como se presenta hoy en Cataluña.

Y cito a Fourest como podría citar a otros especialistas o corresponsales que llevan su opinión no siempre objetiva sobre lo que ocurre en España. Porque debemos tener presente que una Europa potente y unida siempre tendrá enemigos –Rusia por ejemplo– y que dentro de ella España tiene sus particulares enemigos que nos ven como competencia, celosos de nuestro despegue económico. Y aunque sus dirigentes manden mensajes de solidaridad y apoyo, sus opiniones públicas dependen muchas veces de los medios y los intereses que defienden. La resultante de esta mezcla suele ser la de un mensaje «complaciente» como en Munich. No esperemos una Europa decidida y valiente.

Recuerdo lo acontecido no hace muchos años con el drama de la escisión de Yugoslavia que tantos esfuerzos y sacrificios costó. Por una parte, los dirigentes occidentales se lamentaban y rasgaban vestiduras. Por otra, se jugaba con sucios intereses económicos, con salidas al Mediterráneo, con interpretaciones religiosas que justificaban incluso matar en nombre de no sé qué dios. Viví en directo a finales de 1991 la redacción de los primeros planes militares de contingencia que debían poner orden en aquel caos humanitario. La vergonzante Europa reunió a un extenso grupo de trabajo en la sede del Cuartel General de la Première Armée francesa ubicado en Metz. Los concentrados vestíamos de paisano, nos alojábamos en diferentes hoteles y teníamos órdenes estrictas de no hablar de nuestro trabajo que sin discusión era honesto, técnico y claramente humanitario, ya que iba sólo dirigido a imponer una paz que paliase el sufrimiento de aquellas poblaciones inmersas en crueles guerras civiles.

Como en Munich en 1938, pagamos los daños emanados de una grave crisis económica y social. Y para salir de ella necesitamos unidad de esfuerzos en Europa.

Está claro que esta unidad necesita pulso firme, sin complacencias. No olvidemos lo que nos dijeron Churchill y Maquiavelo. No es cuestión de tropezar otra vez como en 1939.

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