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Decidir

Normalmente se discute sobre la proporcionalidad de la respuesta: en este caso el aplauso ha sido unánime. Pero en otros casos, pronto se alzan voces contra actuaciones policiales siempre difíciles y complejas. Y vuelvo a insistir, actuaciones que deben decidirse en cuestión de segundos y en situaciones de máxima tensión

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23 de agosto de 2017. 22:27h

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«Un ‘‘mosso’’ adiestrado en la Legión abatió a los terroristas de Cambrils». (El Mundo 20 de Agosto 2017).

Buena preparación de base, buena experiencia como soldado en unidades de élite; once años en su actual Cuerpo; conmoción por lo sucedido horas antes en Las Ramblas de Barcelona; relativa proximidad de Cambrils a Alcanar donde un día antes había saltado por los aires un chalet «okupado»; un coche se había saltado un control en la Diagonal; Ripoll aún le quedaba lejos ; no puede suponer su relación con toda la masacre.

Pero aquella noche, en aquel paseo marítimo de Cambrils, debe tomar una decisión y decide. En cuestión de segundos, viendo como acuchillan a una mujer, funde todas estas experiencias y sentimientos, entiende claramente cuál es su obligación y no lo duda. Por supuesto, arriesga. Arriesga a confundir un peatón con los asesinos, incluso a llevarse por delante a un compañero.

Normalmente se discute sobre la proporcionalidad de la respuesta: en este caso el aplauso ha sido unánime. Pero en otros casos, pronto se alzan voces contra actuaciones policiales siempre difíciles y complejas. Y vuelvo a insistir, actuaciones que deben decidirse en cuestión de segundos y en situaciones de máxima tensión. Vaciar un cargador de veinte balas no es colgarse una porra al cinto.

En nuestra vida, sin la gravedad de los sucesos de Barcelona y Cambrils, vivimos sometidos a constantes tomas de decisiones. Desde las sencillas del menú del desayuno de los chicos hasta las más complejas de jueces, médicos, servicios sociales, pilotos o bomberos. Por supuesto policías; por supuesto militares; por supuesto todos nosotros en momentos difíciles.

Estoy seguro que a más de un juez le duele mandar a un padre de familia a la cárcel por un delito menor; no digamos de un buen cirujano que arriesga por salvar a un enfermo y por la razón que sea fracasa en su intento. Como imagino el suspiro de alivio de un piloto cuando tomando decisiones de emergencia, sale de una situación de grave peligro superada en dramático silencio con la única ayuda de su copiloto, sabiendo que llevan a más de doscientas vidas en la cabina. ¡Pregúntenle al capitán Sully Sullenberger cómo amerizó en el río Hudson con un Airbus 320 un 15 de enero de 2009!

Sin ser jueces ni médicos ni pilotos, todos debemos asumir la toma de decisiones en algún momento –ante un miembro de la familia enfermo, en la carretera– conscientes de que nunca tendremos asegurado el 100% de éxito.

Llevo años repitiendo la frase de un historiador militar de la Primera Guerra Mundial: «Decidir es seleccionar; seleccionar es renunciar». Siempre se deja algo al tomar una decisión: desde un ser querido, hasta un compromiso. ¡Difíciles y dramáticas fueron determinadas decisiones de generales tomadas en las Guerras Mundiales –y sin ir tan lejos, en las nuestras–, conscientes de que arrastraban a la muerte a miles de sus hombres! ¿Que quedó en la conciencia de aquellos responsables, que debían asumir errores políticos y militares e incluso incompetencias?

Llamo la atención sobre la dificultad de decidir especialmente en situaciones extremas. Ahí es donde se manifiesta la categoría del ser humano. Nuestros reglamentos hablan de los valores morales que deben confluir en un mando: confianza en sí mismo, amor a la responsabilidad, firmeza de carácter, elevado espíritu de sacrificio y serenidad ante el peligro. «Con ello –señalan nuestras normas– inspirarán confianza en sus subordinados y les arrastrarán». Pero cuando hablan de responsabilidades sentencian: «Incumbe al jefe concebir, decidir y dirigir las operaciones; la decisión es de su exclusiva responsabilidad». A esta exclusividad la denominan los tratadistas «soledad del mando». La viven quienes deciden en momentos graves; la debe estar viviendo el Mosso de Cambrils.

Imagino cómo en las escuelas y «masters» sobre liderazgo se plantea el tema. Y la historia señala cientos de ejemplos. Decisión heroica tuvo que tomar Alfonso Pérez de Guzmán, conocido como Guzmán el Bueno, no cediendo al chantaje sobre la vida de su hijo al que le sometían los sitiadores de Tarifa, lanzándoles su propio cuchillo.

Sin la épica de los tiempos de la Reconquista, solo con asomarnos a lo que va de siglo, descubriríamos bastantes más casos como el de Ripoll y que también se arropan en el anonimato. Los duros años de la lucha contra los asesinos de ETA están llenos de hechos, de sacrificios, de toma de decisiones heroicas que nunca pagaremos a las Fuerzas de Orden Público. Porque el difícil cumplimiento del deber que conlleva pérdidas de vidas humanas deja en un ser moralmente bien formado indiscutibles huellas, algo que no se da entre los asesinos que aún –en nombre de no sé qué dios o de o no sé qué ideología– se vanaglorian de ellas en las calles de sus pueblos.

¡Ahí está la diferencia! Normalmente, se decide bien cuando afloran valores.

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