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04 de septiembre de 2017. 23:09h

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Suele esperarse una especial ejemplaridad de quienes tienen presencia pública. Es el caso, por ejemplo, de los deportistas. Seguidos por miles de hinchas, la actitud pendenciera, una competitividad mal entendida, la falta de respeto hacia la reglas del juego, incluso sus ridículos cortes de pelo, crean escuela e influyen. Más relevantes son los políticos. El abuso del cargo también acaba siendo copiado o asumido como normal por la ciudadanía; sin embargo, en este aspecto me reservo cierta duda, pues en el país de la picaresca no tengo claro quién influye en quién. Especialmente delicado es su ejemplo en cumplir las leyes. Llevamos ya mucho tiempo en el que desde el poder político se desobedecen, bien directamente o bien indirectamente las sentencias que las aplican. El caso más grosero es el de los separatistas, y esa actitud cala en el subconsciente ciudadano, que capta que la ley se cumple según convenga.

Un caso bien reciente es el de Juana Rivas. Sin entrar en sus detalles, hemos visto la apología y el aplauso al incumplimiento de leyes y sentencias, lo que alerta de las actitudes e intenciones de tanto militante contra la violencia sobre la mujer, haciendo un flaco favor a esa causa. Pero si eso es malo en opinadores y colectivos legos o vocingleros, peor es en políticos relevantes como, por ejemplo, el presidente del Gobierno o de la presidenta andaluza.

Al ser preguntada la presidenta andaluza por la señora Rivas, aparte de ofrecerla asistencia jurídica, la apoyó «en su lucha por proteger a sus hijos». En idéntico trance, el presidente del Gobierno pudo haber guardado un respetuoso silencio o dar un elegante capotazo del estilo «no opino sobre decisiones judiciales» o, todo lo más, cerrar con un prudente «estudiaremos el asunto por si hay alguna norma que reformar»; pero no, entró al trapo y dijo que «hay que ponerse en el lugar de esta madre», que «a las personas conviene atenderlas y comprenderlas. Y luego viene todo lo demás». Ese ninguneado «todo lo demás» es nada, ahí es nada, el Estado de Derecho: los tratados internacionales, la legislación y las resoluciones judiciales. Quizás en la mente de estos líderes, o en la de unos asesores cuyo mundo empieza y acaba en el telediario del mediodía, se mezclarían ideas como «mujer», «maltrato», «niños», «hombre», «machismo», «prensa», «buena imagen», «votos»...y saldrían tales potajes opinativos.

Se explica así que las asociaciones judiciales –todas– emitiesen duros comunicados exigiendo respeto a las sentencias y recordando que los jueces aplican las leyes que los políticos hacen y con las que se autocondecoran. Ambas declaraciones fueron luego matizadas pero ya por cargos de segunda fila, señalando que apoyaban a Juana Rivas –erre que erre– pero –y aquí la enmienda en difícil equilibrio– dentro del respeto al Estado de Derecho. Sin embargo lo dicho, dicho está, y lo grave es que esas declaraciones fueron la primera reacción ante un claro acto de rebeldía y desacato.

¿Qué se inocula en la ciudadanía?, pues que leyes y tribunales son secundarios, que si no gustan se obvian, que están subordinados a sus intereses bien sea ideológicos, electoralistas o de imagen coyuntural y lo que tocaba era decir algo políticamente correcto, porque entre apoyar a la gimoteante señora Rivas o a la ley, lo primero es lo primero, o sea, lo que sale en los telediarios y toca al sentimiento popular.Y si cuando se clama por la regeneración institucional salen con esas, o es que no se enteran –grave– o no quieren enterarse –gravísimo– de lo que nos jugamos.

Todo esto afecta a la sinceridad. La frase del presidente del Gobierno –«a las personas conviene atenderlas y comprenderlas»– da prioridad a los sentimientos, luego ¿por qué no aplicarla a Cataluña y decir que conviene atenderla y comprenderla y que «luego viene todo lo demás»? y «todo lo demás» es la Constitución, el Tribunal Constitucional, el cumplimiento de sus resoluciones, etc. Pero en ese caso el sentimiento nacionalista cede, obvio, ante el respeto a la legalidad y a las resoluciones de los tribunales y esta es mi duda: ¿se cree realmente en el Estado de Derecho o se cree a conveniencia, dejándose por el camino jirones de autoridad?

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