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El discurso de Trump

David Hernández de la Fuente. 

Tiempo de lectura 5 min.

17 de marzo de 2017. 21:52h

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David Hernández de la Fuente.  17/3/2017

Cuando se cumplen dos meses desde el discurso de investidura de Donald Trump, una de las intervenciones de retórica política más analizada y desmenuzada de los últimos tiempos, conviene volver sobre él a la luz de su acción de gobierno hasta el momento. Se comentó en su día que estaba marcado por una tradición fuertemente populista y nacionalista y se examinaron con atención las citas y paráfrasis bíblicas que contenía, e incluso, aunque cause cierto sonrojo en analistas políticos medianamente serios, los paralelos con las frases de algunos «supervillanos» de Hollywood. Ninguna es la palabra tras la que no se buscara un significado oculto –o casi, diríamos, ocultista– de esta pieza oratoria, para la que, huelga decirlo, se cuidó al máximo tanto la puesta en escena como el contenido.

Causa sorpresa, sin embargo, que nadie haya puesto el acento en la que sin duda alguna constituye la mayor inspiración del discurso de Trump y que era tan obvia como debía ser conocida para los expertos en comunicación política, pues se trata seguramente del discurso más famoso de la historia de la democracia. El discurso fúnebre de Pericles, el logos epitaphios, que pronunció el gran estratego ateniense para honrar la memoria de los atenienses muertos en la primera de las campañas de la Guerra del Peloponeso. El discurso que pone el historiador Tucídides en boca de Pericles es el máximo elogio que conocemos de la democracia antigua y los ideales que ahí se formulan han tenido una enorme influencia sobre lo que posteriormente se ha entendido por democracia de un estado bajo el imperio de la ley.

Tal y como se acredita en aquella «oración fúnebre», el orgullo de los atenienses por su forma de gobierno bien se podría resumir como Athens first y es difícil no ver en el discurso de Trump un remedo moderno de sus ideas. Cuando Trump afirma que la solemne ceremonia de investidura no es solo un traspaso de poderes entre administraciones, «sino que estamos transfiriendo el poder a ustedes, el pueblo», se hace muy cercana la idea del demos ateniense. Sigue Trump diciendo «éste es vuestro día. Esta es vuestra celebración. Y estos Estados Unidos de América son vuestro país. Lo que en realidad importa no es qué partido controla nuestro Gobierno, sino si nuestro objetivo es controlado por el pueblo».

No podemos separar cada discurso de su impresionante puesta en escena: en el caso de Pericles unos funerales de la mayor solemnidad posible, con los huesos de los muertos encerrados conjuntamente en diez sarcófagos y con un undécimo sarcófago vacío: aquel para los muertos cuyos cadáveres no habían sido recuperados. Su tradición inaugura nada menos que la larga serie de discursos y honores fúnebres ante la tumba a los caídos anónimos en la batalla –la «tumba al soldado desconocido», desde la Revolución Francesa, confesa admiradora del antiguo régimen ateniense–. Se exalta en tamaña ocasión a quienes han dado la vida por la patria como máximo sacrificio en aras de la cohesión y la supervivencia de una comunidad política, que los reconoce como héroes cívicos casi en el mismo nivel que los héroes o los personajes religiosos que tutelan a la ciudad. En esa circunstancia tan emocional el discurso de Pericles viene a magnificar la imagen de Atenas comenzando por los antepasados y los que ya no están «pues es justo y al mismo tiempo conveniente que en estos momentos se les conceda a ellos esta honra de su recuerdo. Pues habitaron siempre este país en la sucesión de las generaciones hasta hoy, y libre nos lo entregaron gracias a su valor».

En el caso de la investidura de Trump, toda la parafernalia patriótica de las diversas banderas históricas de Estados Unidos recuerda la peripecia de su fundación y los diversos conflictos militares en los que se ha defendido su sistema. La herencia de la libertad se agradece también a los ancestros de esta forma y, explícitamente, hablando del patriotismo y del agradecimiento a quienes han dado la vida y la sangre por el país.: «Es hora de recordar la vieja sabiduría que nuestros soldados nunca olvidarán... todos tenemos la misma sangre roja de los patriotas. Todos disfrutamos las mismas libertades gloriosas y todos saludamos la misma gran bandera estadounidense».

En el discurso de Pericles la democracia de Atenas aparece brillando entre sus contemporáneos como modelo a imitar, pero no por imposición sino por una imitación libre y en virtud de los méritos propios: «En efecto, nos valemos de un régimen político que no envidia las leyes de nuestros vecinos, más bien somos modelo para algunos que imitadores de otros. Como nombre, por ser el gobierno no para unos pocos sino para la mayoría, tiene el de democracia». Atenas queda, así, retratada como la «escuela de toda Grecia». El carácter de modelo de Estados Unidos en el marco de todas las naciones del mundo queda explícito, incluso pese al pretendido repliegue estratégico propuesto por Trump.

Claro que Pericles no es en absoluto comparable a Trump, pero deben quedar claras las raíces y modelos del primer y muy significante discurso de este último. Nos puede dar muchas claves de sus intenciones, como siempre ocurre con el recurso a la historia, y también de sus primeros movimientos. Claro que la retórica política oscurece lo que interesa. En lo antiguo, Pericles supo ocultar hábilmente los aspectos negativos del imperialismo ateniense, explotador e incluso inhumano para con sus aliados. Si en verdad Pericles lo pronunció, su discurso debió de quedar profundamente grabado en la memoria de los atenienses. Otro tanto ocurre con Trump, cuyo discurso disimula grandes carencias y defectos, hablando de unidad en el momento quizá más convulso y desunido de la historia de los Estados Unidos. En todo caso, en las palabras de uno y otro primaron el carácter modélico de sus democracias como modo de vida y la virtud del demos o «pueblo» como razón de ser de todo el sistema, al que se invoca con preeminencia y cuya es siempre la palabra y la soberanía absoluta. A la luz de sus últimas decisiones convendría atender con sumo cuidado a las ideas que Trump lanzó explícita e implícitamente con modelos históricos como estos.

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