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El inca Garcilaso de la Vega

Tiempo de lectura 4 min.

23 de julio de 2017. 23:20h

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En 1560 un joven mestizo peruano llamado Gómez Suárez de Figueroa llegó a España en busca de fortuna. Era hijo de un conquistador llamado Sebastián Garcilaso de la Vega, que ejerció el cargo de corregidor de Cuzco, y de la princesa Inca Isabel Chimpu Ocllo, nieta del emperador Inca Tupac Yupanqui. Nacido en 1539, se crió en casa de su padre, pero a los diez años de edad éste contrajo matrimonio con una dama española, Luisa Martel de los Ríos, y enviaba a su madre a desposarse con un soldado español de infantería con quien tuvo otros dos hijos.

Después de llegar a España, el joven Suárez de Figueroa adoptó el nombre de su padre, que ya era de mucho lustre por el gran poeta y cortesano Juan Garcilaso de la Vega. Al aproximarse a la noble casa de Suárez de Figueroa, «ellos por ser yo indio antártico no me conozcen aunque tienen noticias de mi». En 1569 Gómez Suárez de Figueroa se gastó sus últimos recursos para equiparse como capitán en la campaña de los moriscos granadinos; no recibió ningún reconocimiento por sus esfuerzos. Más adelante, habiendo establecido amistad con un tío suyo llamado Alonso de Vargas, se retiró al poblado andaluz de Montilla y sólo se mudó a la cercana ciudad de Córdoba en 1593 por haber heredado la propiedad de su tío. Murió quien ya todo el mundo conocía como «el Inca Garcilaso de la Vega».

Siendo joven, Garcilaso de la Vega se sintió atraído por los romances de caballerías, pero fue la influencia de la obra de Pedro Mexía la que le persuadió de dejar tales gustos de romances caballerescos para ir a las cuestiones verídicas e históricas del mundo por las que sentía mayor atracción y gracia, con lo que demostraba ser más español que de herencia indígena. Ya había sentido profundamente el ideal renacentista de la gloria de las armas y las letras, pero también se habían borrado todas las esperanzas de conseguirlo. En su retiro de Montilla aprendió el italiano, estudió la literatura, la filosofía, así como las obras históricas italianas. Su primer libro lo tituló «La traducción del indio de los tres diálogos de amor de León Hebrero» (1589); en el prólogo de esta obra mencionó que estaba preparando una obra sobre la historia de los Incas. Esta nota es una prueba de la larga génesis de los «Comentarios Reales».

La batalla literaria de Garcilaso para rehabilitar al buen indio americano fue «La Florida del Inca», publicado en Lisboa en 1605. Se narraba allí el desarrollo de la desastrosa expedición que comandó Hernando de Soto, lugarteniente de Pizarro, que desde 1539 hasta 1543 vagó sin rumbo sobre una amplia zona de los actuales Estados Unidos, desde Florida y Georgia, hasta Mississippi y Luisiana, ello con una actitud de hostilidad permanente. Si bien Garcilaso tejió un bello relato de aventuras, fue rechazado por el historiador Fernández de Oviedo como mal concebido y vívida descripción de la sociedad indígena. Tiene la belleza de lo trágico que sólo la literatura puede dibujar dentro de la misma cultura que, en el caso de Garcilaso, alcanzó un doble mérito, puesto que por una parte hizo literatura en base a breves relatos dejados por los seguidores de Soto y no fue nada fácil; por añadidura siguió el camino allanado por Alonso de Ercilla en «La Araucana», la epopeya que celebraba la resistencia india a la conquista española. Llenos de honor y gloria, los jóvenes guerreros trataban de destacar mediante rasgos de valor heroico. Garcilaso fue muy influido por las epopeyas de Ariosto y de Boyardo.

Tengo ante mí el magnífico libro de Enrique Pupo-Walker «Historia, Creación y Profecía en los textos del Inca Garcilaso de la Vega», la magnífica semblanza y valoración literaria hecha por Enrique Pupo-Walker del mestizo genial, nacido en el Cuzco el 12 de abril de 1539, «ocho años después que los españoles ganaron mi tierra», hasta encontrarlo establecido en Córdoba de España y consagrado ya como escritor entre sus coetáneos con «Los comentarios reales», un texto que es materia primordial de la historiografía, pero sobre el que inciden las vivencias personalizadas del relator, que confieren a múltiples segmentos de la narración un margen inusitado de intimidad y, sobre todo, el contenido imaginativo que exhibe la escritura del Inca.

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