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Haber y debe antiterrorista

Probablemente el principal obstáculo que lastra la lucha contra el terrorismo es la falta de conciencia colectiva de su verdadera dimensión: que no se está ante un tipo de delincuencia sino ante una verdadera guerra y que, al margen de cuales sean sus actuales orígenes y motivaciones, continúa el enfrentamiento secular del islam contra occidente con diferentes argumentaciones y coyunturas históricas

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Tiempo de lectura 4 min.

21 de agosto de 2017. 22:35h

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José Luis Requero 21/8/2017

En la lucha contra el terrorismo, España cuenta con un importante haber y también un serio debe. El haber es legal, judicial y policial. En el aspecto legal España lleva ya muchos años legislando contra el terrorismo. A lo largo de cuarenta años, la legislación se ha ido perfeccionando, es más, incluso la propia Constitución prevé la suspensión de derechos y libertades en casos de terrorismo. A lo ya legislado hay que añadir la reforma del Código Penal de 2015 que regula singularidades propias del terrorismo islamista o yihadista. Se reguló, por ejemplo, la capacitación –también la autocapacitación– para cometer actos terroristas, o dicho en términos legales, recibir adoctrinamiento militar o de combate, o en técnicas de desarrollo de armas químicas o biológicas u otras de poder destructivo con la finalidad de perpetrar delitos de terrorismo.Otra figura que se incorporó es la de quien para colaborar con una organización o grupo terrorista, o para cometer cualquier delito de terrorismo, se traslade o establezca en un territorio extranjero controlado por una organización terrorista.

En el aspecto judicial es de referencia obligada la Audiencia Nacional. Que España cuente desde 1977 con ese tribunal, especializado en la lucha contra la criminalidad organizada, transfronteriza y en especial la terrorista, es un relevante activo en comparación con otros países: implica no solo unos jueces y fiscales especializados, con amplio bagaje de conocimientos, de doctrina jurídica, de técnicas de investigación, etc. sino también una estrecha relación judicial con los servicios de inteligencia y de información de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

El tercer pilar de ese haber es probablemente el más eficaz: me refiero al acervo de conocimientos y experiencia que arrastran las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. A lo largo de todas estas décadas la lucha contra el terrorismo de ETA (y antes del GRAPO y de más grupos terroristas revolucionarios como el FRAP, Terra Lliure, MPAIAC, Ejército Guerrillero del Pueblo Gallego Libres), brindan una experiencia relevante para hacer frente a la nueva amenaza terrorista en este caso, la islamista.

Pero ese haber puede quedar seriamente limitado en su eficacia por tres relevantes anotaciones en el debe de esa contabilidad. Probablemente el principal obstáculo que lastra la lucha contra ese terrorismo es la falta de conciencia colectiva de su verdadera dimensión: que no se está ante un tipo de delincuencia sino ante una verdadera guerra y que, al margen de cuales sean sus actuales orígenes y motivaciones, continúa el enfrentamiento secular del islam contra occidente con diferentes argumentaciones y coyunturas históricas.Y en esta guerra Occidente estará en desventaja si se empeña en repudiar sus señas de identidad como civilización, si quiere ignorar que hay una guerra, luego un enemigo que no solo golpea, sino que vive dentro de sus fronteras que el buenismo le ha abierto y, en fin, un enemigo al que cede su futuro demográfico.

A este lastre psicológico hay que añadir otro más, no exclusivamente español pero sí acentuadamente español: me refiero al que representa una izquierda radical, ahora populista, cada vez más sonora y con posibilidades ciertas de gobernar. Fruto de sus estrategias ideológicas, territoriales y de repesca política, el zapaterismo lo sacó de la marginalidad política y ahora, ya populista, va logrando un creciente protagonismo; un empeño que, dicho sea de paso, da sentido a su mediación venezolana. Se va así tejiendo una red de dudas, complejos, cuando no comprensiones y miramientos –o afinidad apenas disimulada– hacia un antioccidentalismo violento que no acaba de repudiar, con el que coincide en su animadversión hacia lo que ve como enemigo y que se identifica para unos con una sociedad liberal, cristiana y capitalista, para otros infiel.

Como no estamos ante un tipo de delincuencia sino ante una guerra soterrada, no menos grave es el entontecimiento de buena parte de la ciudadanía, fruto de décadas de pensamiento único inoculado en la prensa, la cultura o la educación. Es trágica la paradoja de unos ciudadanos que aúnan estos días lamento e indignación con su creciente opción política hacia esos planteamientos radicales, o que tampoco rechacen a quien, en vez de aportar sensatez y determinación, por razones electoralistas opta por mimetizarse con ese populismo de corte radical.

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