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21 de septiembre de 2017. 22:27h

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Cuando era niño acompañaba a mi padre a la entonces Caja de Ahorros y Monte de Piedad en el centro de Barcelona que contaba con multitud de ventanillas. Te daban un número y había que esperar un largo rato hasta que te atendieran. Era costumbre entonces, antes de la guerra civil, abrir una cartilla de ahorros a los recién nacidos, de modo que aquel centro era donde se hallaba mi nimia fortuna que se evaporó con las nuevas pesetas que sustituyeron a las de la República. La Caja, además, ofrecía en aquellos años modestos premios dinerarios según la antigüedad de sus clientes. Cuando llegué a la Universidad de Liverpool en 1961 me sorprendió la buena disposición del Banco colindante a la Universidad. Mi buen amigo Derek Lomax, oxfordiano medievalista dedicado a la literatura española, me acompañó hasta la pequeña oficina donde el director me recibió con simpatía y me ofreció todos los servicios que necesitara. Su generosidad me impresionó y con cierta ironía, producto de experiencias más amargas, le pregunté: «Si el Banco me da un dinero superior a la cuenta, yo podría huir con él a España». Me miró sonriendo y me dijo: «Le aseguro que no llegaría hasta la frontera». El Liverpool de entonces, cuando se iniciaban Los Beatles con una repercusión de la que ni mis alumnos ni yo nos enteramos, pasaba por ser una de las ciudades más feas del Norte de Inglaterra. El centro comercial lo formaban unas pocas tiendas y un par de cines, pero la Universidad, medio en obras, disponía de una excelente biblioteca literaria abierta y dispuesta en pisos según lenguas. Uno podía llevarse a su casa hasta cinco libros que le interesaran.

En la Universidad de Barcelona de entonces era un simple profesor ayudante, aunque también daba mis clases, aunque no remuneradas. El Departamento de Español de la de Liverpool (donde se ofrecía también un curso de lengua y literatura catalana) se reunió con cierta solemnidad, bajo la presidencia del profesor Sloman, especialista en Calderón y héroe de guerra como piloto de caza de la II Guerra, para ofrecerme una ceremoniosa bienvenida. Desconozco si la Gran Bretaña del Brexit mantiene estas viejas tradiciones, porque la pérdida de las formas es fenómeno universal. Asimismo, de aquellas instituciones –prehistoria bancaria– que nacieron en Babilonia a la sombra de sus templos, poco permanece. La evolución de las recientes técnicas financieras ha ido reformándose a lo largo de muchos siglos. En la segunda mitad del XIX surgieron ya los grandes centros. Pero tal vez nunca como ahora las transformaciones fueron tan rápidas como las que estamos viviendo gracias a las nuevas tecnologías. El desarrollo bancario en España ha producido la desaparición de numerosas sucursales, ERES subvencionados han afectado a miles de empleados. Los bancos animan a sus clientes a operar por Internet, sin papel ni contacto humano. Hay sucursales bancarias que ni siquiera disponen de caja: hay que operar con máquinas y tarjetas de crédito sujetas a determinadas reglamentaciones y gastos. Pero se han defendido a muerte los horarios mañaneros. Me comentaba un amigo que el Banco le anunció que había recibido una transferencia. El dinero estaba, por consiguiente, en su cuenta, sin embargo para hacerlo efectivo le requirió una factura que lo justificara. La posición general de la Banca española es la de considerar que los depósitos son de la entidad. Pese a disponer de saldo, mediante el plástico, el efectivo que puede extraerse es limitado en la mayor parte de los cajeros.

La última crisis todavía no superada, la de 2008-2015, que no había de costar un solo euro a los españoles según el Banco de España, les supondrá a los ciudadanos 60.600 millones. El ninguneado rescate alcanzó los 77.000 y, con enorme esfuerzo, se han logrado recuperar hasta 4.174 y es posible, si los vientos resultan favorables, alcanzar en un futuro hasta 12.200. Sin embargo, estas mareantes cifras que incrementarán nuestra Deuda Pública no toman en consideración lo que el Estado, desde la última etapa de Rodríguez Zapatero hasta el pasado año, había inyectado en Cajas y Bancos: 122.122 millones de euros, según el Tribunal de Cuentas. Dejemos a un lado las 800.000 personas estafadas con las preferentes, los 347.000 accionistas de Bankia y las víctimas de las cláusulas suelo. Pero los Bancos, que engulleron las ya inexistentes y dilapidadoras Cajas de Ahorros, tras las que se situaron en formación legiones de políticos, constituyen ahora la espina dorsal de cualquier economía. Cierto es que ya no dan números en las ventanillas como antaño, ni existen siquiera ventanillas en algunas sucursales. Se crearon Bancos Centrales y una compleja parafernalia, capaz, en teoría, de defender una economía que se mueve sin recato por las redes. Se perdió el patrón oro y los billetes están referenciados a un valor-espejismo. Se tiende a la eliminación de cualquier papel y aunque el euro aglutina a países responsables, cada quien carga con sus problemas. Y la mayoría que precisa de tales instituciones ven como mes a mes sufren recargos y comisiones, sin recibir a cambio interés alguno. No sería de extrañar que retornáramos a los tiempos del dinero bajo el colchón. El futuro de los Bancos será lo que permitan nuevas tecnologías, deshumanizadas e invisibles y los grandes inversores, siempre al acecho. En Liverpool descubrí que algún Banco podía incluso ser amable, pero de ello hace un montón de años.

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