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Horacio Quiroga

Tiempo de lectura 4 min.

25 de junio de 2017. 21:50h

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La estela literaria de Rubén Darío estuvo protagonizada en Argentina por Leopoldo Lugones (1874–1938), uno de los más activos renovadores del Modernismo. Nacido en un pequeño pueblo de Córdoba (Argentina) se sintió rápidamente atraído por el fuerte intelectualismo político revolucionario. Llegó por primera vez en 1896 a Buenos Aires, cuando Darío estaba allí, con quien mantuvo una larga amistad. En 1904 escribió un ensayo histórico titulado «El imperio jesuítico», que originó una comisión oficial para estudiar la influencia de la orden jesuita en Argentina. Le acompañaba un muchacho flaco, alto y melancólico llamado Horacio Quiroga (1878–1937) como guía, secretario y fotógrafo, que, en un territorio hispanoamericano donde el cuento alcanza una considerable importancia literaria, se convierte en figura máxima.

Primero fue poeta. Destacó de modo importante en el tema de la naturaleza: un amplio teatro de fuerzas pugnaces de violencia y pasión desatadas entre principios en contradicción permanente como puede ser el amor-odio. En 1898 se inserta en lo que era tópico de su generación: París, donde tomó contacto con Gómez Carrillo. Cuando regresa a Uruguay publica varios artículos y un poemario, «Los arrecifes de coral» (1901). Por estas fechas iniciales del siglo XX comienza su creación del cuento, se presenta a un concurso y obtuvo triunfo.

En 1908 lanza «Historia de un amor turbio»; se instala en la tierra de Misiones e inicia una penosa vida doméstica. Contrae matrimonio en 1909 con Ana María Cirés, cuando Quiroga desempeñaba un doble cargo de juez de paz y empleado del Registro Civil de San Ignacio; matrimonio desdichado, pues Ana María pierde el equilibrio mental y se envenena. Regresa Quiroga a Buenos Aires, donde el gobierno uruguayo le nombra funcionario en el Consulado de la ciudad, coincidiendo con la publicación de «Cuentos de amor, de locura y de muerte», en donde, según Luis Alberto Sánchez, figura lo que considera su mejor cuento, «La gallina degollada», quizás por ser el primero de una larga serie de trágicas narraciones: «Cuentos de la selva» (1918), «El salvaje» (1920), «El desierto» (1924), «El regreso de Anaconda» (1926), «Pasado amor» (1929) y «Más allá» (1934).

Parece que el fracaso es su meta en cuantos proyectos intenta poner en marcha. Su único triunfo permanece en la literatura del cuento que radica esencialmente no en la brevedad sino en lo inesperado. Quiroga ha escrito el «Decálogo del perfecto cuentista», construido sobre la simplicidad conceptual. Como en la crítica literaria, explica ante todo creer firmemente en un maestro como en Dios, pero no comiences sin saber a dónde vas; adjetívese mínimamente y no se escriba si no bajo la fuerza de la emoción. No es un precepto sino consejos para dominando los problemas personales conseguir sorprender. Luis Alberto Sánchez, defensor acérrimo de Quiroga como el más destacado cuentista de la literatura hispanoamericana, pone como modelo el cuento de Quiroga «La gallina degollada», que en síntesis constituye su modelo: En una familia nominal hay dos hijos retrasados mentales. Los padres viven angustiados por estos infelices que no aciertan a hacer nada bien. Repentinamente, ocurre un hecho singular: nace una hija, que es absolutamente sana, normal, feliz. La felicidad vuelve al hogar. Para celebrarlo, los padres deciden degollar una gallina. Al ver correr la sangre de la gallina, los dos retrasados experimentan una tremenda curiosidad y para que ocurre con mayor incentivo los idiotas degüellan a su hermanita. Es trágico el final.

La personalidad literaria de Horacio Quiroga se pone de relieve en el contraste de éste en el café «Los inmortales», en la calle Corrientes, donde concurrían literatos de la bohemia como Florencio Sánchez, Evaristo Carriego, Roberto Giusti y veteranos como Ricardo Rojas. Allí hacía Quiroga apariciones fugaces, «cuyo arte original empezaba a ser apreciado fuera de los círculos estrictamente literarios... como escapado de uno de los cuentos en los que narra las aventuras de sus extraños solitarios de la selva». La personalidad externa era la imagen de la literaria. Guillermo de Torre insistió siempre que Quiroga «no tenía el menor escrúpulo de finura verbal».

La creación literaria a partir de la teoría fue preocupación esencial de Quiroga como muchos de los escritores uruguayos del Modernismo. Propone una imagen del narrador de enorme interés para el análisis de sus cuentos. Su posición narrativa explica o justifica la creación en el momento en que aparecen nuevas corrientes estéticas u ocurren cambios en la sensibilidad social o política. Quiroga quiso averiguar qué motivos conscientes le llevaron a escribir con el estilo y el modo como él lo hizo y ello es una defensa de su modo de concebir y realizar la literatura frente a manifiestas hostilidades críticas o sociales. Es un constante andamiaje de textos críticos justificativos ante sí mismo, lo que se advierte en la teoría literaria esgrimida en su narrativa del cuento, en lo que es maestro.

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