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Iglesia mediadora

Tiempo de lectura 4 min.

15 de febrero de 2017. 23:52h

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Cerca de 300 verificadores de Naciones Unidas despliegan por «zonas veredales de transición» a lo ancho y largo de Colombia en cumplimiento de los Acuerdos de Paz firmados entre el Gobierno y las FARC. A la vez en una histórica hacienda de la Pontificia Universidad Católica de Ecuador próxima a Quito, han comenzado conversaciones entre Gobierno y el otro grupo insurgente colombiano: el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Entre los primeros, dieciocho españoles: catorce militares, dos guardias civiles y otros dos policías nacionales, uno de ellos mujer. Despliegan en Valledupar, Bucaramanga, Plancha, Vidrí, El Jordán, Florencia, Villavicencio, Filipinas, Guajira, San José de Guaviare, por supuesto Bogotá desde mediados de noviembre de 2016. Su día D fue el 1 de diciembre y teóricamente la verificación tripartita (Gobierno- FARC-NN.UU) debe terminar el 1 de junio en un proceso que considero irreversible.

Las conversaciones con el ELN se han mantenido durante tres años en secreto, en tanto se desbloqueaban las de las FARC. ¿Por qué no se integraron en una misma negociación? Porque los dos movimientos son diferentes en su concepción ideológica, aunque en la ejecución utilizasen una misma violencia, mismos secuestros, misma goma 2. El ELN surgió como grupo armado en los años sesenta y cuenta, según sus datos, con 1.500 combatientes distribuidos en 26 frentes. Según el Gobierno, son responsables de haber causado cerca de 10.000 víctimas entre secuestros, extorsiones, muertos y heridos.

A diferencia de las FARC que eligieron para sus conversaciones un «paraíso marxista» como La Habana –que, por cierto, lo hizo muy bien–, el ELN y el Gobierno colombiano han optado por arroparse en Ecuador, concretamente en zona neutral vaticana en unos discretos «diálogos a puerta cerrada y en una primera etapa de 45 días», es decir hasta el 25 de marzo.

¿Por qué zona vaticana? No olvidemos la procedencia de sus primeros dirigentes. Tanto Camilo Torres (Bogotá 1929-San Vicente de Chucurí 1966), como Manuel Pérez (1943 -1998) eran sacerdotes seguidores de la Teología de la Liberación. La biografía de ambos es fascinante. Más próxima a nosotros la del segundo, nacido en Alfamén (Zaragoza), ordenado en Roma por Pablo VI, expulsado de Santo Domingo, desterrado en Canarias, excomulgado en 1986 tras el asesinato del obispo Jesús Emilio Jaramillo atribuido al ELN. Jefe guerrillero, al fin, en las montañas de Colombia.

Una característica geográfica distingue también al ELN. Ha operado preferentemente en zonas petrolíferas y mineras como Arauca, Norte de Santander y Chocó. Esta mezcla de teología de la liberación y defensa del territorio marca diferencias respecto a las FARC en la concepción del movimiento. Su actual líder, Nicolás Rodríguez Bautista (1950), entró a formar parte del grupo con doce años.

Las iniciativas de paz no son nuevas. Las dos primeras arrancaron en 1998 con el preacuerdo de Viana (Madrid) y el de Maguncia (Alemania) en tiempos del presidente Samper. Lo volvió a intentar Pastrana obteniendo como respuesta la voladura del oleoducto Machuca-Antioquia. Pero insistió en 1999 reuniéndose con una delegación del ELN en La Habana. En la Semana Santa del 2000 el grupo insurgente declaró una tregua, alcanzándose un principio de acuerdo para crear una Zona de Encuentro en el Magdalena Medio, ubicada entre los municipios de Cantagallo y San Pablo. Soy testigo de la violencia con que estas poblaciones se negaron a albergar a los insurgentes por muchas garantías que ofreciesen las NN.UU. Año tras año continuaron los esfuerzos realizados por los sucesivos gobiernos de Uribe y Santos y por la Comunidad Internacional. Hasta hoy.

Esta vez se ha optado por la hospitalidad ecuatoriana. Su canciller Guillaume Long abrió las jornadas en las que también estuvo presente el ministro de Interior colombiano, Juan Fernando Cristo, que dejó escrita en una cuenta de twiter una bella frase: «Voy a Quito a instalar mesa ELN, grupo que asesinó a mi padre; acepté invitación presidente Santos porque creo que sin perdón no tendremos paz».

Se repite un proceso en el que aparece discreta pero eficaz la Iglesia Católica. No concebiríamos la pacificación de Nicaragua sin la figura mediadora del Cardenal Obando; ni el largo y difícil proceso de paz en El Salvador sin el testimonio y sacrificio de Monseñor Romero y de los Jesuitas españoles de la UCA; como resalto el papel paciente, arriesgado y eficaz del Arzobispo Quezada en Guatemala.

Hoy, bajo el tranquilo y bello paisaje del Valle de los Chillos y la discreta hospitalidad de la Pontificia Universidad Católica, se desarrollan unas conversaciones que espero sean definitivas o que abran posibilidades inmediatas para alcanzar la paz. No descarto el «estimulante apoyo» del Papa Francisco. El tiempo se mueve entre el vigente proceso de las FARC que puede actuar como modelo y los inmediatos períodos electorales en Colombia que se presentan entre marzo y mayo de 2018. Tampoco es cuestión de perder tiempo.

¡Enhorabuena a esta Iglesia Católica mediadora!

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