Tribuna

Joven graduado, en paro, se quiere dedicar a la exportación

El camarero me trae un "café triste", ese descafeinado aguado, sin leche y con sacarina, que me veo obligado a tomar por las mañanas en esa lucha perdida contra el colesterol y el exceso de peso. Pero, ¡qué difícil es llevar una dieta equilibrada cuando se viaja tan a menudo por todo el mundo, con el cambio de cocinas, de horas y de biorritmos! Mientras remuevo el descafeinado, que parece reírse de mi, observo a esa ex-alumna de ESIC que me ha llamado para pedirme consejo. Después de cuatro años de carrera, en una España atenazada por el paro, se quiere lanzar al mundo del comercio exterior, como quienes se iban en una carreta hacia el salvaje Oeste. No sabe mucho del mismo, más allá de la pinceladas que hemos conseguido darle el último año, pero por todas partes oye hablar de que la exportación es el futuro, y como ella sabe algo de inglés... Es una historia que se repite una y otra vez, y para la que siempre estoy dispuesto, sobre todo con aquellos que son limpios y trabajadores. El resumen es sencillo: esto es muy duro, muy difícil, desgasta mucho y requiere una alta motivación, tanto para las personas, como para las organizaciones. La mayoría de las empresas emprenden este camino hacia la mítica "California" sin preparación suficiente, faltos de dinero, personal, tiempo e información. Eso supone un doble reto para los jóvenes profesionales que se quieren dedicar a esta actividad tan necesaria para nuestro país: hacia fuera para conseguir clientes, en entornos culturales distintos, con motivaciones diferentes y enfrentados a una competencia que desconocen, a unos costes y precios difíciles de fijar; hacia adentro, para lograr alinear al resto de la organización con el objetivo teóricamente asumido por todos de internacionalizarse. Curiosamente, el mayor problema es el segundo, porque sigue faltando en el país esa experiencia vital internacional, esa apertura de miras y esa comprensión de que la realidad exterior es compleja. Muy compleja. Hay globalización, pero sigue habiendo muchas peculiaridades. Y no hay mercados vírgenes, esperando ansiosos nuestros productos. Sin contar con los riesgos de cobro, de cambio de moneda, logísticos o de otra índole. Por eso, cuando, año tras año, veo partir a los jóvenes hacia ferias que no están bien preparadas previamente, hacia misiones colectivas mal organizadas, con falta de argumentos comerciales y ayunos de recursos, pienso en esos pobres soldados rusos en la Segunda Guerra Mundial que corrían sin armas, desde la segunda línea, hacia el enemigo, pendientes de recoger el fusil de sus camaradas caídos, para poder llegar a la primer línea del frente armados. Pero como hace tiempo que dejé de culpar al sistema y al gobierno, creo que la responsabilidad de todos los que estamos en este mundillo conlleva colaborar con todas nuestras fuerzas en el proceso de internacionalización de nuestras empresas: dando clases, pronunciando conferencias, participando en asociaciones empresariales y escribiendo artículos como éste de La Razón, para seguir repitiendo el mensaje: "Go West Young men, go West!"

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