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Julián Marías y la España de hoy

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13 de septiembre de 2017. 03:09h

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Los españoles estamos viviendo momentos cruciales de nuestra historia. A todos nos interesa y nos trae preocupados y perplejos lo que nos está pasando. No podemos estar ante ello como simples espectadores pasivos. He dedicado muchas horas a pensar, a rezar, a buscar respuestas, a leer y estudiar libros de historia, a leer y rumiar artículos de opinión, a bucear en la doctrina social de la Iglesia o a buscar lo que han escrito importantes pensadores de nuestra España sobre España misma. Buscando luz y apoyo para poder decir una palabra justa y razonable y compartirla, me he tropezado con una pequeña obra del gran pensador, D. Julián Marías, «España ante la historia y ante sí misma (1898-1936)». En ella me he encontrado con unas páginas que me gustaría hacerlas mías, que las hago mías, pero son suyas, y que no pueden quedar escondidas. Leo y transcribo párrafos del Epílogo: «La guerra civil de 1936 a 1939 fue una terrible sacudida del conjunto, en que participó, de grado o por fuerza, la totalidad de España, que llevó a una ruptura radical de la convivencia, reforzada por el hecho de la división en dos «zonas». He dicho de «grado o por fuerza» para matizar la participación de los españoles en la guerra civil, y esto me parece esencial, porque fue la primera vez en nuestra historia en que actuaron eficazmente los recursos de la propaganda y la imposición de voluntades minoritarias. Pero el hecho es que eso se consiguió, y los españoles, salvo excepciones muy reducidas, «consintieron» esa discordia y vivieron sometidos activamente –uso esta expresión deliberadamente paradógica– a lo que esas voluntades habían decidido. Perdura entre nosotros una tentación, funesta como pocas: la de aquella expresión, acuñada durante el reinado de Fernando VII, «los mal llamados años». Los años, sean como sean, llámeselos como se antoje, son años, los de nuestra vida, y el intento de descalificación, eliminarlos, falsificarlos u olvidarlos tiene como único efecto vaciar nuestra vida y condenarla a la falsedad. Se ha repetido muchas veces que los que olvidan su historia se condenan a repetirla; se podría agregar que los que la falsifican deforman y corrompen el tejido mismo de sus vidas y las condenan a convertirse en mentira.»

«Si esto se evita, si se mira la realidad sin propósito de deformarla, si se intenta una visión abarcadora y que vaya al fondo de las cosas, no sólo a lo que «se dice», se descubre que, por debajo de la atroz sacudida que fue la guerra civil y de los intentos de perpetuar sus consecuencias, existió una continuidad subterránea, afectada pero no destruida: muchas cosas que parecieron anuladas siguieron existiendo, ciertamente de otra manera, con distinto puesto en la vida, que adquirió por ello una nueva configuración. Y esto ha seguido aconteciendo, a lo largo de muchos decenios, en formas distintas, porque la historia es, quiérase o no, innovación. Se fue recobrando algo decisivo: el sabor de la vida, con nuevos matices, y esa continuidad en variación se fue acelerando decenio tras decenio. En este larguísimo periodo, que a veces se intenta anular y negar por inexistente, han hecho sus vidas millones y millones de españoles, desde distintos niveles, empezando por los que tenían ya sus trayectorias vitales consolidadas o declinantes en el momento de la discordia, pasando por las que las vieron comprometidas y alteradas por ella, hasta los que encontraron lo que podíamos llamar los «hechos consumados», una España transformada por el resultado de la contienda, en la cual tenían que imaginar, proyectar, realizar sus vidas. «Hay que preguntarse hasta qué punto se ha intentado la comprensión desde lo que verdaderamente ha sucedido en España desde hace sesenta años. La gana de vivir fue lo más saliente y valioso de la sociedad española en esos años. He señalado alguna vez la inmensa capacidad de los españoles para resistir la adversidad. Uno de los rasgos de los españoles es la vitalidad, la aptitud para plegarse a circunstancias difíciles o peligrosas, el aprovechamiento de las menores posibilidades para recobrar la alegría de vivir, para desear y «poner al mal tiempo buena cara». En su primera conferencia en Madrid, después de nueve años de exilio, habló Ortega de la «sorprendente, casi indecente, salud» de España. Recuérdese la fecha 1946, cuando apenas se habían aliviado las consecuencias de la guerra, acababa de terminar la mundial, no se había iniciado la transformación económica que llevó de un país pobre a un país nada opulento pero de nivel incomparablemente mejor. Esta vitalidad es lo que encontró en 1976, al iniciarse la libertad política, la Monarquía y poco después la democracia. España era un pueblo vivo, no aplastado, lleno de recursos, apto para tomar en sus manos su destino. La carencia de libertad política, por lamentable que fuera, no había sofocado una amplia dosis de libertad social y, sobre todo, personal».

«Un factor negativo ha sido la intensificación del «particularismo», y con él la insolidaridad entre las regiones españolas. La consecuencia inmediata ha sido el fraccionamiento de la cultura, el aislamiento de porciones de ella. A la indudable dilatación de la libertad, y por tanto de las posibilidades, ha acompañado una propensión al aislamiento, al enquistamiento que domina en muchas instituciones y en gran palie de los medios de comunicación. Desde los «nacionalismos», dedicados a la «historia-ficción», y desde una politización partidista empeñada en la descalificación de grandes porciones de la historia, sobre todo cercana, se ha puesto en cuestión la realidad española, y con ello se ha dificultado su posesión y utilización. Por desprecio a la verdad, se ha renunciado por algunos a la inteligibilidad de la historia, lo que implica la obturación del porvenir» (Julián Marías).

Seguimos dentro de esa continuidad subterránea con la misma voluntad y ganas de vivir, con la misma vitalidad, con la misma capacidad para resistir la adversidad, y saldremos adelante, sin duda, unidos y fortalecidos.

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