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La ágora como espacio público

David Hernández de la Fuente. 

Tiempo de lectura 4 min.

20 de abril de 2017. 22:40h

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Cuando el poeta llamado Homero describe la decoración del escudo de Aquiles, incluye entre sus escenas la primera y estelar aparición de la idea de espacio público en Occidente: «Los ciudadanos estaban reunidos en la plaza pública (ágora). Se había producido una disputa, y dos hombres discutían acerca de la compensación por un muerto. El uno pretendía pagarlo todo y reclamaba la ayuda del pueblo (demos); el otro no quería coger nada. Ambos deseaban llegar a una solución satisfactoria (epi histori, «por criterio de experto»). El pueblo gritaba a favor de los dos, apoyando a uno y al otro. Los heraldos mantenían a raya a esa multitud. Los ancianos estaban sentados en las pulidas piedras, en el círculo sagrado. Sus cetros se encontraban en poder de los heraldos de voz penetrante» (Ilíada 18.497ss.). Este monumento poético e histórico a la par refleja una discusión en la esfera pública bajo el juicio de unos magistrados que parecen, al mismo tiempo, jueces y gobernantes. Aunque a ellos corresponde la sentencia, el papel de la comunidad, en pleno o en delegación, es clave, como ocurrirá en el sistema asambleario de la posterior democracia ateniense.

La polis, como conjunto de agrupaciones familiares con casas y haciendas de su propiedad, integradas en plano de libertad e igualdad de decisión en un territorio con unas fronteras, parece el más claro precedente del estado de derecho actual: muy en concreto en el caso de la democracia ateniense. Dos cuestiones surgen enseguida. Si se puede hablar de Estado propiamente dicho en un mundo en que es difícil distinguir entre el entramado político-estatal y la sociedad civil y, en segundo lugar, si existe un «espacio público», según la moderna definición de Jürgen Habermas como el lugar abstracto del intercambio público, de la exposición y discusión de ideas concernientes a la mejora del funcionamiento de la comunidad. Lo primero es aún discutido por los historiadores, pero sí podemos hablar de un origen de la esfera pública en el lugar –tanto físico como conceptual– donde se reúnen los ciudadanos y se genera la dinámica política. En la polis existía un espacio público al que se acudía regularmente por diversos motivos –políticos, económicos, religiosos y culturales– y que se llamaba ágora, palabra derivada de la raíz ager- («reunir»), y cuyo primer significado era «asamblea». Suponemos que la ágora remonta sus orígenes hasta el tipo de aldea que había constituido el poblamiento básico de los griegos en el Período Geométrico y que, con la tendencia al sinecismo, es decir, al agrupamiento de aldeas en pos de la polis, ese espacio se consolidó y creció en un nuevo centro urbano común entre los siglos VII y VI a.C.

La ágora se rodeó de edificios cívicos y monumentos simbólicos, lo que indica la clara conciencia que tenía la comunidad de su significado. Hay que recordar los característicos pórticos, para ofrecer un lugar de debate protegido del clima, o monumentos como la estatua de los tiranicidas, en Atenas, que encarna el mito fundacional de la democracia. Ahí también destacaba el edificio de los arcontes, los magistrados más importantes, y el hogar de la ciudad, o pritaneo, con el fuego perpetuo y el mantenimiento de los huéspedes y servidores públicos. En esa ágora se exponía incluso la legislación escrita, la de Solón. Pero además de la proliferación de inscripciones legislativas allí en la historia de la democracia, hay una vertiente conceptual que genera un «espacio público» de palabra y pensamiento en la oratoria pública, ya judicial o política, pero también epidíctica, en la clásica tripartición aristotélica de la retórica. Destaca en todas estas manifestaciones de espacio «común o público» el empleo de términos como koinon o demosios en referencia a la comunidad. Morfológicamente es, por tanto, un espacio consustancial a la polis, a esa comunidad de familias que constituye, al mismo tiempo y de modo inseparable, el tejido social y el estado.

En el plano conceptual, aunque esto solo se puede esbozar aquí, también se produce una interesante discusión pública, sobre todo a finales del siglo V y principios del IV a.C., en las escuelas de retórica y filosofía, que procesan la información política de la asamblea y del debate político y genera un espacio público conceptual, a favor o en contra, como se ve, por ejemplo, en Isócrates o Platón. En Atenas, además, proliferaron los intersticios de discusión intermedios, no estrictamente institucionalizados como espacio público, que se desarrollaron a la sombra del sistema democrático: los simposios, pequeñas reproducciones de la discusión pública en cada casa, o las diversas asociaciones culturales o fraternales. De hecho algunas sociedades secretas, reflejo anti-democrático de todo el entramado de espacio público, fueron germen de conspiraciones políticas importantes en el siglo V a.C.

Finalmente, dos verbos griegos derivados del término ágora ilustran bien las actividades características de ese doble plano del espacio público griego, físico y conceptual, que hemos heredado como indudable origen de la discusión pública en las modernas democracias: agorazo, cuyo significado básico es «ir a, o estar en, la plaza pública», expresa también la idea de intervenir en los asuntos y discusiones propios del ágora al ir allí físicamente; agoreuo, que significa «hablar en público, en la asamblea», recuerda la importancia que tenía la retórica para la interacción verbal de los ciudadanos y sus representantes en ese espacio público, real o ideal. Con todas las distancias, ese es el germen de nuestro ordenamiento jurídico-político democrático y del debate fiel y racional de ideas que debería siempre presidirlo.

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