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La incógnita socialista

Tal vez aquella socialdemocracia europea, que especulaba con un bienestar que debía gozar una mayoría de la población (trabajadores y clases medias), como algunas golondrinas, tras el invierno, no volverá

Tiempo de lectura 4 min.

18 de mayo de 2017. 21:22h

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Joaquín Marco 18/5/2017

El pasado lunes tuve la paciencia del jubilado para ver y escuchar al tridente socialista en un debate, sin disimulados rencores, entre cuyos integrantes el militante del PSOE ha de elegir a su secretario general y, tal vez, presunto presidente de Gobierno. Tal vez Patxi López logró poner las cómodas luces largas a una carrera llena de obstáculos a la que le faltan escasas horas para su desenlace. Y quedó patente que la incruenta batalla la constituían dos contra uno y, sin duda, uno contra todos. Pero conviene advertir que no se dirigían a ingenuos votantes, sino a una minoría de militantes. Buena parte de los comentaristas aplaudieron que saliera a la superficie la comprobada inquina entre Pedro Sánchez y la lideresa andaluza que le había aupado en las elecciones anteriores y al que criticó sin recato al primer mes de acceder a la Secretaría. Esta mirada hacia atrás apartó lo que podía interesar al televidente y permitió que Patxi López apuntara, incluso, a la no desdeñable posibilidad del fin de un partido centenario que ha prestado grandes servicios al país y que podría retomar su espíritu constructivo si acierta en su camino. Pero los problemas de nuestra socialdemocracia no pueden aislarse de la crisis general que sufre esta corriente en una Europa que ni González, ni Guerra, ni José Luis Rodríguez Zapatero, ni Alfredo Pérez Rubalcaba, los seniors, no acaban de asimilar. Susana Díaz parece estimar que su modelo andaluz, fundamentado en el voto cautivo desde la Transición, puede ser exportable al resto de España y no parece entender que quienes llegaron del desencanto de los partidos tradicionales a las plazas, los tal vez ya desencantados también del 15M, crearon un partido nuevo que pretende arrebatar parte de los votantes –los jóvenes- a una izquierda convertida en nostalgia.

El problema, eso lo intuye Pedro Sánchez, es pactar a derecha o izquierda, porque los tiempos de las mayorías absolutas son flores de antaño. A la vista está lo que ha debido hacer el ex-socialismo francés: desplazarse hacia el centroderecha para buscar un acomodo, habrá que ver si viable, en estos tiempos de rápidas turbulencias. Tal vez aquella socialdemocracia europea, que especulaba con un bienestar que debía gozar una mayoría de la población (trabajadores y clases medias), como algunas golondrinas, tras el invierno, no volverá. La posible salvación, de existir, a la espera de la amenazante robotización, debe buscarse en la Unión Europea y no en un al-Andalus que se expanda hasta los Pirineos. Los antagonismos de la izquierda y entre socialistas tampoco son cosa de hoy. No estaría mal que nuestros dirigentes leyeran de vez en cuando algún libro de la historia de aquella formación que pretenden representar. No es que la Historia se repita, ni siquiera puede considerarse maestra de la vida, aunque no deja de ser útil reflexionar sobre lo que va de ayer a hoy, porque no faltan coincidencias. Con su maternal y graciosa expresividad andaluza, Susana Díaz dictaminó que el socialismo «está malito». Y debe de estarlo cuando disminuye en escaños, cuando los jóvenes eligen formaciones como Podemos, que entienden que les representa mejor o, más decididos, toman el duro camino del exilio voluntario como algunos de sus antepasados. Que la gestora que sustituyó a Pedro Sánchez no era neutral se vio incluso antes de iniciarse el acto con el frío saludo al anterior secretario general frente a una calurosa bienvenida a la presidenta de Andalucía. Desde aquel uno de octubre pasado ha llovido lo suficiente para mostrar que el apoyo a la investidura de Mariano Rajoy estaba cargado de significados. El PSOE se mostró aterrorizado ante unas nuevas elecciones que, conservando incólume la ética, hubieran podido lanzarle a una presunta irrelevancia como ha sucedido en Grecia, Gran Bretaña o Francia, entre otros países europeos.

Puede que los candidatos a la Secretaría General del PSOE mostraran o pretendieran convencer a los televidentes que la fraternidad planeaba sobre sus cabezas, pero no lo lograron ni lo pretendieron, porque tras la recogida de avales, los militantes que podían cambiar de opinión o dejarse convencer por argumentos que no se expusieron eran ya muy pocos. Tampoco será fácil solventar diferencias desde las entrañas del desacuerdo y rencor, pese a las reiteradas promesas de reconciliación y fraternidad. El partido, a todas luces, se exhibió ante un público general –no sólo ante los militantes y sus círculos– fracturado y sin pudor. Conviene admitir que ninguna otra de las formaciones que aspiran al gobierno ha sido capaz de tamaño ejercicio de transparencia. Ello le redime en parte de pasados errores y permite suponer que algún hilillo de esperanza sobrevive. Con toda seguridad no será fácil superar el tiempo posterior a las elecciones y, como ya apuntó con lucidez Patxi López, serán necesarias veinticinco horas diarias a una labor que ha de vencer una travesía de rencores personales. Se equivocó la vieja guardia socialista al inclinarse de manera tan rotunda y fervorosa no sólo por Susana Díaz, sino por la descabellada fórmula con la que la gestora decapitó a su anterior secretario general y ahora, de nuevo, aspirante. Todo ello nos llevaría a reconsiderar aquel lema de hace seis años que se acuñó en la Puerta del Sol: «No nos representan». Pero puede observarse también cierto desengaño juvenil ante los nuevos partidos, envejecidos tan prontamente. No soplan aires sanos para el gobierno de la cosa pública.

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