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La madre literatura

Un puente escalofriante entre Virginia Woolf y James Joyce, exactamente coincidentes en el tiempo 1882-1941, con una diferencia radical: el arte y la voluntad de ser artista. La construcción poética

del mundo narrativo era la nota emotiva de Virginia; Joyce era un artista integral y absoluto

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10 de septiembre de 2017. 23:20h

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James Joyce fue el hijo primogénito de una acomodada familia dublinesa de fuerte tradición católica y estudió en los mejores colegios religiosos. Los condicionantes económicos familiares fueron declinando hasta extremos de auténtica indigencia al morir la madre (1903). La educación jesuítica en la formación de James tuvo una importancia decisiva y provocó, en su pubertad, una vocación sacerdotal que se transformó en rebelión. En la Universidad conoció a Yeats y mantuvo una relación epistolar con Ibsen. Se estableció en París con el vago propósito de estudiar medicina en la Sorbonne, pero volvió a Dublín y en 1904 dejó Irlanda, con Nora Barnacle, que le acompañó toda la vida y con quien tuvo dos hijos, Giorgio y Lucía; recorrió varias ciudades europeas hasta 1915 y trabajó en diversas escuelas. La guerra del 14 le obligó a acogerse a la neutralidad suiza, donde permaneció hasta 1920, en que se trasladó a París, ciudad en la que vivió veinte años, con graves preocupaciones con su hija Lucía y un encuentro con G. G. Jung. Volvió a Zurich a causa de la guerra mundial y allí murió en 1941.

En la Universidad Complutense tuve oportunidad y el honor de participar en los cursos de la Facultad de Filología Inglesa y Norteamericana, donde profesé la Historia de Inglaterra y, cuando no teníamos la fortuna de contar con profesor sabático de alguna universidad norteamericana, expliqué a los alumnos también la Historia de Estados Unidos. Allí conté con excelentes alumnos que llegaron a alcanzar el «cursus honorum» de las cátedras. Son ellos los que me enseñaron la condición maternal de la literatura y la importancia de la novela «Ulysses», publicada en 1922. Como señala Cándido Pérez Gállego, Catedrático de Lengua y Literatura inglesa y norteamericana y autor de importantes obras de la especialidad, desde el pensamiento científico y literario de la madre patria a la que intelectualmente pertenecía, que era la española, nada menos que la de Zaragoza, escribió y repitió infinitas veces que Joyce originó una conmoción en la literatura universal y con ello resultó más sencillo escribir un monólogo interior, pero muy difícil repetir el método disciplinario de Flaubert o Dostoyevski, la lógica implacable de Hemingway o la severa severidad de Thomas Mann.

Frente a las novelas de ciudad, «Ulysses» es un estricto informe sociológico sobre Dublín. Ciertamente un estilo poético; Joyce quería no sólo deshilvanar la historia de un artista adolescente, Stephen Dedalus, que vive obsesionado por la muerte de su madre y de un agente publicitario. Pero es, además, mucho más allá dice Pérez Gállego, el encuentro de «lo que nos falta», siendo que eso que nos falta es el lenguaje: Ulysses, que tanta deuda tiene con Freud y Jung, impone la absoluta necesidad de «recuperar el lenguaje perdido» y, sobre todo, la necesidad de investigación que ya por aquellos años era un objetivo plasmado con caracteres fuertes en todas las universidades del mundo occidental.

La novela se desarrolla en tres bloques. El primero pertenece a Stephen, el segundo a Leopold Bloom y el tercero a los dos, cubriendo en quince capítulos desde las ocho de la mañana del 16 de junio de 1904 hasta las primeras horas de la madrugada del día siguiente. Los análisis llevados a cabo por Stuart Gilbert y William Tindall desvelan que el rasgo psicológico muestra el tema de la muerte, es decir, en este caso, la idea de la lucha padre e hijo; el hijo luchando por identificarse con el padre le coloca de modo inmediato ante el mayor abismal secreto.

La relación de Stephen Dedalus con su mundo circundante, dice Cándido Pérez Gállego en su obra «James Joyce o la revolución de la novela» en la que explica cómo Joyce lleva a cabo la más fastuosa ceremonia narrativa desde Cervantes, crear y destruir la novela –Ulysses–, es la historia de la búsqueda de la familia perdida; el choque brutal con el lenguaje, el ritual de la palabra: una mezcla de fantasía y realidad; orden y locura. La meta de Joyce es lograr la totalidad de la historia de la literatura: Stephen es el artista adolescente que busca un padre. La literatura, un amante infiel y rencoroso. La genialidad de Cándido Pérez Gállego se resume en la invención del esfuerzo creador como un panteísmo semántico. Dice Pérez Gállego que la conciencia de Stephen Dedalus es la madre literatura, y aparece con toda luminosidad en el Hamlet de Shakespeare. Y un puente escalofriante entre Virginia Woolf y James Joyce, exactamente coincidentes en el tiempo 1882-1941, con una diferencia radical: el arte y la voluntad de ser artista. La construcción poética del mundo narrativo era la nota emotiva de Virginia; Joyce era un artista integral y absoluto.

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