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La primera vuelta al mundo

Magallanes mandaba con poderes absolutos del rey de España, concedidos en un momento luminoso, recién casado con la princesa portuguesa Isabel, que fue reina de España y emperatriz de Alemania

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02 de julio de 2017. 22:40h

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Sin más precedentes que las Bulas de los Papas a los portugueses, Castilla y Portugal firmaron en Alcaçovas la paz de 1479, añadiendo un acuerdo sin precedentes como fue la división de la navegación oceánica hacia Oriente, «contra Guinea», al Sur de las islas Canarias, mientras la soberanía de estas «fincan» para Castilla: los vientos oceánicos alisios proyectan la navegación a vela hacia Occidente. El problema, pues, se centra en una cuestión de derechos soberanos, de límites y magnitudes. Como señaló el catedrático mexicano Edmundo O’Gorman suscribiendo lo que escribió Hernán Cortés al rey Carlos I, las nuevas tierras conquistadas abrían la posibilidad de la soberanía del hombre sobre la realidad del Universo: ya era posible conocer la tierra a ciencia cierta. Aumenta la necesidad de saber sobre la existencia de un Océano al otro lado de la «barrera» continental. De ahí la importancia que tuvo el 29 de septiembre de 1513 el descubrimiento por Vasco Núñez de Balboa del Mar del Sur, tras cruzar el istmo de Panamá, guiado por el hijo del cacique Comagre a través de la selva virgen.

Balboa y los que le acompañaban tomaron posesión con gran aparato ceremonial en nombre de los Reyes de España. El escribano Andrés de Valderrábano levantó acta: «... estos fueron los primeros cristianos que los pies pusieron en la Mar del Sur y con sus manos probaron el agua, que metieron en sus bocas para ver si era salada como la del otro mar, y viendo que lo era, dieron gracias a Dios».

El océano Pacífico ya es español al haber tomado posesión Balboa. Cuando la expedición de Magallanes desembocó por el estrecho que lleva su nombre se le bautizó como Pacífico. Magallanes mandaba con poderes absolutos del rey de España, concedidos en un momento luminoso, recién casado con la princesa portuguesa Isabel, que fue reina de España y emperatriz de Alemania. Había presentado un proyecto para descubrir el estrecho, navegando por el Atlántico y la costa oriental de América del Sur. Los funcionarios de la Casa de Contratación se encargaron de aderezar una hermosa flota de cinco barcos. Sancho de Matienzo, tesorero de la institución se encargó de tenerlo todo a punto, pues en el Estado moderno funcionaban debidamente las instituciones que regían el orden y la organización del Reino.

Desde la salida del estrecho, los barcos españoles alcanzaron la línea equinoccial el 3 de febrero de 1521, hasta alcanzar las islas Filipinas, como fueron llamadas en 1543 en honor al príncipe Felipe. También quedó abierto el camino del Maluco, pero Magallanes moría en la pequeña isla de Mactán, cercana a la de Cebú (27 de abril de 1521). El Maluco o islas de las Especias era el nombre que en el siglo XVI se debe a cinco pequeñas islas, que de Norte a Sur son las actuales: Ternate, Tidor, Moti, Makian y Batjan. Cumplido el objetivo de Magallanes, se reemprende la navegación ya sin él. Al llegar a Tidor, 53 decidieron quedarse en ella y 47 se reembarcan, comprobando que la «Trinidad» no puede navegar. Se pasa todo el cargamento de clave a la «Victoria» y esta navega sola hasta España, conducidos por Juan Sebastián El Cano. Aquí comienza la vuelta al mundo, llena de peligros navales; el océano, turbulento y de peligrosas corrientes; escalas imposibles, sobre todo por los intereses comerciales monopolizados. Por añadidura, la «Victoria» estaba aquejada por veintiocho meses de navegación por mares y climas que afectaban las maderas con que estaba construida. Cinco meses de navegación hasta las islas de Cabo Verde, con una arriesgada escala, hasta que, al fin, el 1 de septiembre avistan el cabo San Vicente, arribando el 6 a Sanlúcar de Barrameda.

Sólo un barco a flote por verdadero milagro portando dieciocho hombres, más bien espectros fantasmales. Según el cronista Pigaffeta, la «Victoria» había navegado más de catorce mil cuatrocientas leguas en su ruta alrededor del mundo y llevó a la Casa de Contratación quinientos quintales de clave, muestras de otras especias y madera de sándalo. La «Victoria» fue reparada y todavía hizo viaje de ida y vuelta a Santo Domingo. El rey recibió a El Cano y fue pródigo en compensaciones; renunció a cuanto le correspondía a favor de la tripulación y ennobleció a El Cano, concediéndole escudo de armas: el mundo terráqueo envuelto con una cinta donde se decía «Primus circumdedisti me». El Cano cerraba el descubrimiento de América, certificaba que la tierra era redonda y priorizaba. Con plena razón testifica el eminente historiador francés Fernand Braudel, «la América Española, inevitablemente, pesó de un modo decisivo en los destinos del mundo».

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