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Las miradas perdidas

Tiempo de lectura 4 min.

17 de mayo de 2017. 21:53h

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«Libres del terror de Boko Haram». Junto a una gran fotografía, La Razón del pasado 8 de mayo refiere: «82 adolescentes del grupo de 220 secuestradas en abril de 2014 fueron liberadas...)». Me detengo repetidamente en la fotografía. Veo a un numeroso grupo de bellas nigerianas, vestidas con colores vivos, pañuelo en la cabeza según su uso tradicional, pero que miran al fotógrafo evadidas, desconfiadas, perdidas.

Están reunidas en una dependencia del gobierno en la capital Abuya donde sus autoridades y el Comité Internacional de la Cruz Roja se felicitan por el canje de las secuestradas, aunque ello no represente el punto final al secuestro: quedan por liberar 113 niñas. Pienso en lo que entrañan estas miradas, tras tres años en manos de fanáticos. Pienso en violaciones, en abortos, en ventas, en mercadeos. Pienso en sus padres, en sus hermanos y no se borra su mirada de mi mirada.

Nigeria es un país enorme, de casi un millón de kilómetros cuadrados –doble de España–, habitado por 190 millones de personas distribuidos en multitud de etnias, de los cuales un 50,4% son musulmanes y el 48,2 cristianos. Colonizada por Inglaterra desde finales del siglo XIX, asentada en la confluencia de los ríos Níger y Benue, desemboca en el Atlántico formando el rico delta del Níger, uno de los más grandes del mundo, hoy la mayor reserva de petróleo y gas de África que explotan desde hace años Royal/Dutch/Shell, Chevron/Texaco y Total/Fina/ELF. Citando estos intereses, no hace falta que me extienda en relatar conflictos. Desde su independencia del Reino Unido en 1960 como República Federal Presidencialista al estilo USA, formada por tres regiones, tras golpes de estado, dictaduras y guerras, hoy la constituyen 36 estados federados y un distrito federal. Con algo más de 4.000 kilómetros de fronteras con Benín, Níger, Chad y Camerún y mil con el Atlántico, intento comprender cómo en tres años, el millón de efectivos de sus Fuerzas Armadas y toda su Policía no han sido capaces de localizar a las entonces niñas secuestradas en una región fronteriza con Chad, donde campan a sus anchas los asesinos de Boko Haram.

Al igual, me pregunto cómo la comunidad internacional, ante la trágica noticia del secuestro, tras aquel manifiesto de Michelle Obama, no fue capaz de movilizarse. ¿Por dónde andaban tantas y tantas ONG? ¿Y los torsos descubiertos de las FEMEN? ¿Y el Consejo de Seguridad que tiene facultades para imponer por la fuerza sus decisiones?

En España desaparece una mujer en Galicia y se movilizan vecinos, amigos, Prensa, cuerpos policiales. Todo. Aquí desaparecieron 276 de un colegio de Chibok y creo que ni siquiera nos molestamos en saber dónde se ubica este extraño nombre.

Reconozco que me siento dolido, incapaz, colaboracionista, cobarde. Y a pesar de mi alegría por esta liberación, que sigue a otra de 26 en 2016 y a tres rescatadas en una operación militar, no cabe tampoco en mi rostro la menor sonrisa, cuando ya tengo suficiente edad y experiencias para no sorprenderme por nada.

Porque la historia nos da muchos ejemplos sobre el papel de las mujeres en los conflictos armados. Pero esto no es el resaltar y cantar a coro el papel de una «Madelon novia del batallón» que nos pasaron los combatientes franceses de la Primera Guerra Mundial, ni tampoco el de las «visitadoras» del capitán Pantaleón en la selva amazónica que magistralmente nos relata Mario Vargas Llosa. Allí, desde el centro de operaciones de Iquitos, «administraba 8 guarniciones, 26 puertos fluviales y 45 campamentos». «Usted es el hombre, capitán: ponga orden, porque soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca; y llegan al bestialismo...».

Tengo fija una imagen semejante, allá por la Nicaragua de 1990. En un pequeño pueblo llamado El Almendro un grupo de 16 observadores de Naciones Unidas teníamos como misión desmovilizar a más de 6.000 combatientes de la «contra» nicaragüense que había luchado durante años contra la revolución sandinista. Un año antes, Violeta Chamorro había ganado las elecciones, lo que facilitaba nuestro trabajo, a pesar de que se tuvo que pedir el apoyo urgente de una compañía de paracaidistas venezolanos, porque era imposible mantener cierto orden en aquel improvisado campamento. Trabajo denso de censo, fotografías, reconocimientos médicos, estadísticas, pasaporte a las regiones de origen, ayudas monetarias y alimenticias para sus próximos meses. Todo bien salvo los miércoles, día en que llegaban desde Managua dos y hasta tres autobuses de «visitadoras». Se paralizaba la desmovilización, el hospital de la Organización Panamericana de Salud y la oficina del cardenal Obando, bandera del Vaticano izada, inoperativos.

Pero todo lo anterior es diferente. Aun siendo trágico, incluso cabía una sonrisa, incluso pudieron nacer afectos. Pero en las miradas de Nigeria, no se atisba la menor sonrisa de esperanza; estas cerradas bocas parece que nunca pronunciarán la palabra amor. ¡Y me duele!

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