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Los azucarillos

Tiempo de lectura 4 min.

28 de mayo de 2017. 00:21h

Comentada
José Jiménez Lozano 28/5/2017

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Hay un modismo de la lengua española que nos permite entender que, cuando se afirma que alguien es como un azucarillo, es que se siente herido o molesto por cualquier realidad de cualquier clase, palabra o acción que le llega de su entorno, y parece que aquella persona misma se desharía con esas minucias, como aquellas arquitecturas de azúcar que se llamaban precisamente azucarillos se deshacían si se las tocaba y se disolvían en agua en unos segundos, endulzando ésta. Se utilizaban cuando se tomaba el chocolate con bizcochos, a las cinco de la tarde, lo que podía equivaler al té de las cinco en el Reino Unido y se concluía bebiendo agua con azucarillo, al igual que durante muchos años fue ingerido por los diputados en Cortes, mientras hablaban y al final de sus intervenciones.

No hay estudios sobre el asunto, pero podemos comprobar que la conceptuación, el lenguaje, y los modales eran más incomparablemente civilizados que los de hoy, y en aquella civilidad, en medio de la firmeza florece a veces de sentido del humor. Pongamos por caso aquella ocasión en que el señor Castelar dijo en la Cámara que tenía frío en el alma y otro diputado comenzó a toser, siguieron solamente risas, o cuando los señores diputados se sonrieron cuando el señor Echegaray aseguró que se había encontrado una trenza de pelo de una niña judía en una hoguera inquisitorial del siglo XVII, o cuando otro diputado le dijo a un general en medio de una trifulca entre ambos que el fajín que ceñía le tenía que llevar en la garganta, y el general preguntó si muy apretado, y también todo el mundo rio, a comenzar por el general y el diputado en cuestión. No era de azucarillo aquella gente; simplemente era seria, estaba educada y sabía lo que son la ironía y el humor. Es ahora, cuando se toleran, los palabros, los peores modales, las caras caricaturas de desharrapados, pero no se puede ni decir ni que alguien es «más tonto que una mata de habas», porque el aludido acudiría a una asociación en defensa de las habas y ésta armaría un tumulto, aunque cuidado muy mucho de no decir, pongamos por caso, que las habas no están dispuestas a pagar el pato, porque eso sería utilizar un lenguaje «patófobo» ante el cual los patos se sentirían heridos y presentarían una queja a quien correspondiese. Pero tampoco podían devaluar la ofensa, alegando que era una «pura gansada», porque entonces los gansos reaccionarían violentamente a solas o con la solidaridad de todos los afectados por las incorrecciones políticas.

Me contó un amigo escribidor que no sabía cómo arreglárselas para hablar de los pavos reales sin enunciar el adjetivo de «reales», porque los republicanos podrían sentirse ofendidos; pero le tranquilicé, diciéndole que también había una señorita de nuestro oficio que no sólo escribió un pequeño tratado sobre estas hermosas aves, sino que también las criaba, pese a ser devastadoras de jardines, aunque todo ello ocurría entre imperialistas, en USA.

Nosotros recibimos, sin embargo, una educación reaccionario-igualitaria que consistía en que, si un chico te hacía un chichón, tú tenías que hacerle otro a él, o le asegurabas que se lo harían un primo o amigo tuyos, y se producía enseguida un diálogo en el que acordabais que lo importante era que no se enteraran los maestros ni nuestros padres, ni las chicas, que eran una esfera informativa superior, y entonces el que te había hecho el chichón presionaba sobre él con una «perra gorda», una moneda de cobre como ya quisiera ser el euro, esperando que se disolviera como un azucarillo.

Pero no se podía guardar un resquemor durante muchos días, de manera que, cuando el chichón ya te dolía poco, llegabas a un acuerdo con quien te lo había hecho y se lo perdonabas, porque eras de la misma panda que él y juntos hacíais la gramática y las matemáticas, así que era una cuestión de honor, pero no una vergonzosa concesión de azucarillo.

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