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Regeneracionismo

El golpe psicológico de 1898 representó, en la base de la opinión pública, un estímulo para opinar sobre la historia y el «alma» de España. La opinión pública se nutrió de escritores, tertulias de café, ideas políticas

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24 de septiembre de 2017. 23:16h

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Balfour afirmaba que la rebelión de las clases medias es más bien la resistencia de la mentalidad burguesa que busca conseguir la libertad individual dentro de un orden social. Pero, ¿existe el orden social? El golpe psicológico de 1898 representó, en la base de la opinión pública, un estímulo para opinar sobre la historia y el «alma» de España. La opinión pública se nutrió de escritores, tertulias de café, ideas políticas. «La Ilustración Española y Americana», el 22 de julio de 1898, apuntaba: «Esa nube de regeneradores y salvadores de pueblos que, a guisa de microbios venenosos, han surgido de todos los salones, tertulias, cafés y tabernáculos para explicarnos por qué han ocurrido tantos males, cómo hubiesen ocurrido, quiénes tienen la culpa de ellos y cuál es el procedimiento único y seguro para remediarlos. Tal es la epidemia de este verano».

Fue, efectivamente, una epidemia. Intelectualmente creo conveniente tratar de conocer el tema principal, que sin duda fue la decadencia nacional, que en España procede de una antigua tradición remontada al siglo XVII. Aparece un panorama de una densidad fastuosa: programas para restaurar la economía achacosa, arbitristas o proyectistas, movimientos de reformismo agrario que conducen en el siglo XVIII a ideas regeneracionistas inspiradas en la Ilustración Francesa sobre las ideas de «progreso» y «razón». El progresismo quebró, en el experimento de la Primera República, con el federalismo de Pi y Margall, que originó el caos del cantonalismo y del carlismo.

El regeneracionismo de la Institución Libre de Enseñanza (1876) es en realidad una gradual y necesaria transformación de la sociedad educativa. Antes de la Restauración y durante su trayectoria se proponen reformas y críticas del sistema. Aparecen personajes importantes: Joaquín Costa, Ángel Ganivet, Miguel de Unamuno, Macías Picavea, Gumersindo de Azcárate, Joaquín Sánchez de Toca, Rafael Salillas, Leopoldo Alas Clarín... Se trata de una generación de intelectuales, operativa desde el siglo XVII, que alcanza su plenitud a finales del XIX. 1898 fue una gota más en la crítica de la situación. En 1900, «El Correo», diario de Madrid, afirmaba: «Todo está roto en este desventurado país: no hay gobierno, no hay cuerpo electoral, no hay partidos políticos, no hay ejército, no hay marina; todo es ficción, todo es decadencia».

Justifica esta opinión pesimista el artículo de Francisco Silvela, «Sin pulso». Potenciales regeneradores se empeñaron en convencer a una audiencia ávida de soluciones, pero que ocupaban puestos de gran influencia política y social; diputados, abogados, periodistas, académicos, oficiales del ejército, profesionales pertenecientes a un importante abanico ideológico: carlistas y republicanos. En 1899 Damián Isern publica en Madrid «Del desastre nacional y sus causas». Las versiones más destacadas y el origen de la crisis fueron los objetivos.

Las consecuencias más importantes fueron: la erosión de los valores tradicionales, religiosos y familiares; la aparición del materialismo y del utilitarismo; y otras como los fallos en los caracteres innatos del pueblo español, que ahora eran apáticos, verbosos, arrogantes y perezosos, porque la pasión se impuso a la razón. Surgió el libro de Salvador de Madariaga donde asignaba a cada uno la función individual más fuerte que el espíritu cívico: «Españoles, ingleses, franceses». Lo peor es que el autoengaño o la fantasía dominaban la percepción de la realidad. La cólera de los regeneracionistas se dirigía contra el sistema político. El sistema de la Restauración fue un espejismo; sus políticas llevaron a España a una humillante derrota. «El Imparcial» da el tono: «La triste verdad es que estos grandes estadistas, que nos hacen la alta merced de gobernarnos, serían capaces el Imperio de Alemania en la República de Andorra».

La identidad de la sociedad del desastre fue una crisis a la vez de «identidad», ligada a la de la propia nación, y de «legitimidad», por fracaso de la incapacidad de los que se habían confiado los intereses de la Nación. Era el momento de las clases medias: gente de pensamiento, de «fuerzas vivas», para tomar las riendas y dirigir el Estado nacional; el momento decisivo para el reformismo; un programa global de Obras Públicas para la estructura de una economía moderna. En él, con suma urgencia, un programa de regadíos, con especial perentoriedad, modernizar la productividad agraria. Junto a ello, la reforma electoral a fondo para desmantelar el caciquismo; rebajar el gasto burocrático; reducir las cuentas presupuestarias; equilibrar el gasto y aumentar la industria. En suma, la modernización de España hasta alcanzar una posición operativa centrada en la crítica de Joaquín Costa, que en 1901 pronunciaba una conferencia en el Ateneo de Madrid donde afirmaba el desastre político nacional y la necesidad de «cirujano de hierro».

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