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Todo por nuestro bien

Todo sucede, en efecto, como si la existencia humana hubiera ido despegándose de sus antiguos fundamentos y anclajes, y el pensamiento y la ética, y desde luego el lenguaje, hubieran quedado en juego libre y sin sentido

Tiempo de lectura 4 min.

05 de agosto de 2017. 23:36h

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La sensación que buena parte de las gentes tienen es la de que algo ha tenido que ocurrir en el mundo para que tantas cosas que parecían realidades y valores sólidos hayan caído, y tanto se hayan deshilachado muchas otras. Podríamos decirnos, por ejemplo y echando mano de una repetida evidencia en nuestra vida social que, por encima y por debajo de la positividad de la ley y su imperio más o menos efectivo, ya se nos escapa el sentido de lo justo e injusto, que siempre ha sido la gran apelación en el tiempo pasado; pero eso nos ocurre igualmente con lo verdadero y lo falso en el orden más material de las cosas, mientras ahora se tiene como un gran valor la complacencia en la miseria humana y la burla de su grandeza o su belleza, la irrisión en suma de la antigua cultura, o simbolización de lo real que habíamos heredado.

Todo sucede, en efecto, como si la existencia humana hubiera ido despegándose de sus antiguos fundamentos y anclajes, y el pensamiento y la ética, y desde luego el lenguaje, hubieran quedado en juego libre y sin sentido. Sin sentido la noción de verdad, sin sentido las de justicia y belleza, sin sentido la muerte, y por lo tanto el vivir. Y todo parece acontecer por la intervención de una especie de Némesis fatal, porque nadie es responsable de ello; y se nos prescribe, luego, lo que tenemos que pensar y sentir como nunca jamás en el mundo se ha hecho con tanto éxito y ninguna resistencia, y se llama a esto libertad, naturalmente. ¡Faltaba más!

Todo esto nos es presentado como una especie de liberación total de algún corsé de acero que venía oprimiéndonos duramente; y la anomia o rechazo de toda autoridad o norma, impregna ya el imaginario mismo de las gentes, en las manifestaciones de la llamada cultura popular. Y, en este plano de cosas, el ideal de vida sería el afán del vivir nietzscheano, en el que hasta la barbarie figuraría como expresión vital, exactamente como en el nazismo; o en augurios de quema de la vida, aunque sea en plena juventud, poniéndose por montera cualquier clase de orden, lejos de todo control intelectual o moral.

Así son las cosas, pero no es posible dejar de lado, desde luego, el hecho cultural fundamental de que no solamente hubo una liquidación de la vieja cultura –en realidad la cultura simplemente, porque no hay otra–, sino también una verdadera matanza de hombres y mujeres que la vivían, y más tarde la inmensa barbarie de los dos grandes totalitarismos de nuestro tiempo, que se resolvió en atroces sufrimientos y montones de cadáveres, y también en la liquidación de todo lo específicamente humano, en la irrisión del amor gratuito, y en la burla y denigración de todo lo hermoso.

«Pero todo es para nuestro bien» que dice Orwell que es lo que se nos ha enseñado a sentir por nuestros señores que nos conducen. Ni siquiera debemos preocuparnos por mostrar un discurso lógico porque ya no tiene sentido, puesto que no habría verdades en el mundo de lo objetivo y ni siquiera un mundo y una realidad objetivas, y cada cual se fabricaría la suya. Todo sería mera opinión, y la realidad mera voluntad de decidir y su disfrute sin más límite que el de hasta dónde se pueda llegar con la técnica, la funcionalidad y la rentabilidad. Y lo propio de la instrumentalidad o de la tecnología, es que todo aquello que puede hacerse se hace, y lo propio de la rentabilidad y el disfrute es que solamente aquellos seres bípedos que sean rentables, esto es, capaces de producir y consumir, tienen entidad humana apreciable. El resto es un puro número, y sólo plantea problemas de ajustes, pienso, ocio científico para una mayor explotación de recursos, reproducción asistida, o eliminación más o menos directa o indirecta. Y, naturalmente, por razones científicas y humanitarias. ¡Por nuestro bien, señor Orwell!

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