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¡Un imán en Ripoll!

Tiempo de lectura 5 min.

02 de septiembre de 2017. 22:12h

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Estamos viviendo con apremio las consecuencias de los atentados yihadistas en Cataluña que parecen repetir los golpes que ya se asestaran hace algo más de mil años. Para un historiador es golpe de sorpresa que el titular de ellos se autodefina imán de Ripoll. Porque allí se asienta la más valiosa de las raíces de esa Marca Hispánica que era reliquia conservada de aquella nación entre cinco que ahora llamamos Europa. Es posible, si las cosas siguen por este camino, que un día se nos invite a escuchar a un muecin en las fauces de Covadonga. Pues en esos dos puntos hallamos las raíces de la que seguimos considerando España. El Daesh no oculta sus intenciones: intentar de nuevo aquella conquista que en el siglo VIII fracasara en Poitiers y en el XVII también porque los tercios españoles llegaron a tiempo para salvar Viena.

Tal vez sea oportuno, sin renunciar por ello a las lágrimas que se despiertan con el recuerdo de las víctimas del 17 de agosto, explicar la importancia que reviste Ripoll que fue uno de los primeros monasterios benedictinos instalados en la Península acomodán­dose curiosamente a la Regla que un descendiente de exiliados españoles que cambió su nombre godo por el de Benito de Aniano había revisado. En otros términos, se trataba de una de las puertas para la comunicación de la Península con la romanidad que aún sobrevi­vía. Aunque perteneciese a la sede episcopal de Vich era un verdadero patrimonio de Barcelona de suyo linaje condal iban a proce­der los primeros abades del monasterio. Siguiendo las normas monásticas una de las tareas principales era constituir una biblioteca buscando ejemplares en lugares a veces muy lejanos para que pudieran hacerse copias. Esto era precisamente lo que San Isidoro recomendara. De la «España perdida» del 711 seguía en pie ese trozo esencial de la Marca hispánica en donde se estaban conformando dos fuertes regiones: Septimania y la Catalunya que se motearía de vieja.

A mediados del siglo X Ripoll había conseguido crear una de las bibliotecas más relevantes de Europa. Los contactos con los sometidos al poder califal habían servido para que en sus armarios se conservaran códices desconocidos para los monasterios europeos. Un día de los años sesenta del siglo X Gerberto de Aurillac, que estaba considerado como uno de los más sabios matemáticos de Europa, llegó a Ripoll en busca de algún texto procedente de las fuen­tes hindúes. El abad Miro le recomendó seguir hasta San Juan de la Peña de donde pudo regresar con una copia de al-Kwarizmí. De modo que cuando el 970 retornó a Francia llevaba consigo el más precioso de los regalos: las cifras que iban a permitir superar las limitaciones del alfabeto y a las que coloquialmente se llamaría guarismos. Entre esas cifras estaba el número cero que permite rom­per todas las limitaciones. El cero y el infinito. Ahí estaban situados los cambios que llevan al álgebra y desde ella al cálculo inifinitesimal. Ripoll había transmitido a Europa el cimiento de la matemática moderna. No es extraño que el emperador moviera los palos para que Gerberto fuera Papa Silvestre II en el momento en que se producía el primer cambio de milenio en la Era común.

Por estos años el fundamentamentalismo islámico estaba alcanzando en al-Andalus la forma autoritaria militar: Abu Amir, que se declaraba descendiente de uno de los discípulos del Profeta, reduciendo al Califa a una mera autoridad religiosa desplegó fuerzas reclutadas en muy diversas partes con el propósito de destruir los bastiones de la cristiandad. Las principales ciudades fueron sa­queadas. El 985 tocó el turno a Barcelona. No se trataba en esta ocasión de docenas sino de centenares de muertos. El Victorioso (al-Mansur) quería dejar tras de sí la sangre y la ruina ya que no otra cosa podía proporcionar con aquellos crueles mercenarios.

Y al final como sucede con todos estos sistemas cuando se empeñan en persistir y no en transigir hacia formas más justas, le llegó en 1002 el sonido del tambor que anuncia la muerte. El exceso de violencia tiene ese final: la ruptura. Y con ella todo se destruye. Los taifas eran el prólogo para una trabajosa y exitosa restauración de la Monarquía.

Ripoll se había librado del saqueo que padecieran otros monasterios. Allí estaba ahora el joven Abad Oliba que iba a hacer a Europa un regalo aún más importante. Miembro de la familia de los condes de Barcelona esto hacía que su sangre se compartiera con la de los otros monarcas españoles. Y convenció a estos de dos cosas. Ante todo la unidad: solo colaborando en todas las dimensio­nes de la sociedad y haciendo del monacato una dimensión de la reforma cluniacense, sería posible llevar adelante con éxito el propósito esencial de devolver a Hispania su calidad de nación. Pero además y en cuanto tal era imprescindible insertarla en Europa.

Resultaba imprescindible según Oliba y otros muchos abades de la misma Congregación buscar un modo de convivencia que permitiese una más estrecha y eficaz forma de convivencia. Y de ahí vino el más importante regalo de Ripoll: los movimientos de paz y tregua de Dios. Evitar que los inocentes sufrieran las consecuencias de una guerra y tratar al enemigo como un adversario cuya vida debe respetarse. Es el comienzo de eso que siempre se ha soñado conse­guir y que hasta 1947 no parecía posible lograr. Pero el paso que en dicho año se hiciera no puede en modo alguno abandonarse. Ya vemos las consecuencias de su abandono. El terrorismo es uno de los daños más evidentes y significativos de nuestros días.

Con su propia muerte el imán de Ripoll así nos lo ha venido a demostrar. Es imprescindible que las naciones de cualquier origen o circunstancia cultural retornen a esas asambleas de paz que garanticen la convivencia. Los inocentes deben ser cuidadosamente protegidos. No basta con el castigo a los criminales aunque debe serles aplicado. Tenemos que llegar de algún modo a formas que garanticen la convivencia. Si esta no se alcanza los gobiernos tendrán que cerrar puertas.

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