Fútbol

Joaquín Marco

Violencia y deporte rey

La Razón
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En nuestro tiempo alguien podría parafrasear una anticuada afirmación y asegurar que el fútbol es el opio del pueblo. Nunca se aludió a él como deporte de caballeros, como actualmente pueden entenderse el golf o el tenis. Hace pocos días Emilio Butragueño, actual director de Relaciones Institucionales del Real Madrid, consideró que Rafa Nadal era un deportista ejemplar, tal vez porque ha sabido encajar derrotas que, sin duda, le habrán resultado amargas, tras alcanzar la cima del tenis mundial. Pero el respeto a los rivales constituye la esencia de lo que denominamos deportividad y que puede trasladarse a muchas otras actividades humanas. No es que en el tenis no se muevan intereses económicos, pero sus practicantes parecen más educados y minoritarios, salvo excepciones que están en nuestra memoria. Pero el fútbol profesional se ha transformado en un negocio económico a escala global que sublima la agresividad de espectadores y practicantes y responde a la recóndita genética del hombre, como hace años fuera entre nosotros y los toros. Niños y adolescentes observan a los jugadores de los grandes equipos como modelos de ostentación social, consumo y triunfo en plena juventud y, en apariencia, alcanzado sin esfuerzo. Las televisiones compiten por lograr los derechos de retransmisión y el fútbol resulta, antes que las series o las películas, el señero que atrae a espectadores preferentemente masculinos. Si somos partidarios de un equipo, habitualmente el local o alguno de los locales, la pasión diluye cualquier signo de racionalidad. El adversario se convierte en un enemigo que ocupa nuestras pantallas y el fútbol, deporte rey, protagoniza más páginas en los periódicos y dispone, incluso, de publicaciones diarias especializadas. No es sólo cuestión de testosterona, porque cada vez más mujeres se sienten atraídas por los campeonatos y pueden mostrarse tan fanáticas como los varones, sin contar con el fútbol femenino, que está en ascenso. El ejemplo de los grandes equipos constituye la semilla que hace fructificar el complejo mecanismo de un deporte colectivo que traspasa ya países y continentes.

Nunca como ahora los niños se habían sentido tan atraídos por el fútbol y desde hace algunos años los equipos infantiles y juveniles, de carácter escolar o no, son observados por ojeadores profesionales a la búsqueda del niño fenómeno, un nuevo Messi. Padres y madres acuden, en una incomprensible y febril profusión de actividades extraescolares, también a los campos de fútbol para acompañar, disfrutar o sufrir del deporte predilecto de sus vástagos. Pero tales campeonatos acrecientan la competitividad negativa, característica de nuestras sociedades. Guillermo Calvo y David García han publicado un oportuno libro, «Manual para padres: deportes y valores», para centrar cuestiones que van más allá de lo puntual. Sin duda el fútbol de equipo posee valores que pueden convenirles a nuestros hijos o nietos, aunque encierra peligros que pueden convertir a los sacrificados padres o madres en auténticos energúmenos. Primero en las redes y más tarde en la televisión pudo observarse la tangana que se produjo el pasado domingo día 19, precisamente el día del padre, en un campo de fútbol mallorquín, donde competían dos equipos de preadolescentes de 12 o 13 años. La Unió Esportiva Alaró y la Unión Deportiva Collerense. Sus directivos tildaron lo acaecido de «extraordinariamente grave» y mostraron su «vergüenza e impotencia» y hasta las federaciones alzaron su voz. La zancadilla a uno de los jugadores derivó en la invasión de algunos padres en el campo, donde se enzarzaron a patadas y puñetazos ante la mirada de niños, jugadores y familiares, acompañados de gritos e insultos. Tuvo que intervenir la guardia civil, que llegó cuando las aguas habían vuelto a su cauce, aunque se formularon varias denuncias. Casos como el que se produjo en Mallorca no son tan infrecuentes, y con no menos violencia, aunque alcancen menor difusión. Captada la escena por el móvil de uno de los presentes constituye el ejemplo de la antideportividad.

Pero no son los niños o adolescentes los culpables de semejantes situaciones, sino sus padres o acompañantes. Una vez más la escasa educación se hace presente hasta alcanzar un inaceptable grado de violencia. Aflora en el ámbito del fútbol, pero se halla latente en nuestra sociedad y hasta en las figuras más representativas. Donald Trump aparece como modelo a evitar. Nuestras sociedades son exageradamente competitivas en casi todos los ámbitos y no es de extrañar que aquí y allá broten rasgos de violencia. En cualquier partido de fútbol las iras del público o de muchos comentaristas arremeten contra los árbitros. Los que se atreven a jugar este papel en los partidos infantiles o juveniles denuncian insultos de todo orden e incluso violencias físicas por parte de los espectadores, por lo general padres que entienden mal su función. De ahí que no estaría mal que las escuelas impartieran cursos para padres y les demostraran que su deber no es la de defender la excelencia futbolística de sus vástagos, sino la de inculcar en ellos que el fútbol no deja de ser un deporte, un juego supervalorado y que sus ídolos acaban anunciando calzoncillos por televisión. Estamos cada vez más anclados en una enferma sociedad del espectáculo. Disculpen la moralina que se desprende de la reflexión, pero las imágenes de los incidentes mallorquines merecen un mea culpa. Ni el fútbol ni las familias deben tolerarlo.