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¿Y qué pasa con el Ebro?

Tiempo de lectura 4 min.

13 de septiembre de 2017. 22:26h

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Luis Alejandre 13/9/2017

He intentado «no entrar al trapo» en el tema del separatismo catalán porque sencillamente me duele. Es tan alto el concepto que tengo de muchos de sus ciudadanos que ahora ante el espectáculo de su Parlament, incluida la incitación al caos, vestido de mambo, y a la sediciosa actitud de parte de sus dirigentes, me siento desconcertado.

Sólo me faltaba que saliese el tema del Barça y la Liga de fútbol española, cuando su Presidente Tebas con claridad meridiana dijo «si se van de España, se van de sus competiciones oficiales». Y salió enseguida el listo de la clase asegurando con cínica sonrisa: «mejor así ; podremos elegir entre la liga francesa y la española». Lo siento querido lector, pero estas muestras de insensato y suficiente fanatismo me descolocan.

Y no se porqué, del futbol me pasé a otros terrenos, los agrícolas.Y de las tierras de labor me fui al de los regantes; y de los regantes al Ebro.

Nos canta la copla que «el Ebro guarda silencio al pasar por el Pilar». ¿Pero realmente no tiene nada que decir el Ebro ante la ofensiva separatista de una parte de Cataluña?.

Me he atrevido a preguntárselo.

Su cuenca ocupa 85.000 kilómetros cuadrados, un 12,5 del territorio nacional, ocupado por tres millones de habitantes, el 5% de nuestra población con una densidad baja; aporta el 5,5 % del PIB. Su curso y el de sus afluentes discurre por 18 provincias de nueve comunidades autónomas, más por Andorra y la Alta Cerdaña francesa. En su cuenca se encuentran 1.724 municipios, algunos de significada importancia como Zaragoza. Suman 236 las presas y pantanos que regulan sus aguas, de los cuales 109 se consideran embalses principales. 360 centrales eléctricas extraen energía de sus saltos y 738 azudes se reparten por toda la cuenca, junto a más de 10.000 balsas y 35.000 pozos.

De las 236 presas, 49 se ubican en Cataluña, la mayoría en Lérida, con la circunstancia de que cuatro de ellas –Canelles, Borén, Escalas, y Santa Ana– las comparte Lérida con Huesca sobre el curso del Noguera Ribagorzana, y el pantano de Ribarroja lo comparten Zaragoza y Tarragona. Catorce canales, algunos históricos como el Imperial de Aragón, completan la red. En 1992 la Comunidad autónoma aragonesa propuso un «pacto del agua» para regular consumos, especialmente en las provincias sin posibilidad de establecer desaladoras. La Confederación Hidrográfica del Ebro establece los usos y regulaciones de caudal de la cuenca. Tiene hoy pendiente un delicado litigio con la Generalitat de Cataluña bien conocido y vigilado en Aragón.

Cruzándose a veces con los diversos tramos del Camino de Santiago, hoy un Camino del Agua de 1.200 kilómetros de longitud, invita a senderistas y deportistas a recorrer su curso entre Fontibre (Santander) y Riumar(Tarragona). Por ahí transitaron autrigones afincados en Briesca, vascones, íberos –llamados así por los griegos por vivir en el Ebro–. Los romanos hicieron del valle calzada, y del corredor de la Bureba y del paso del Pancorbo punto estratégico. Los árabes dejaron su impronta en azudes y canales. No olvidemos también que el Primer Imperio francés pensó en el Ebro como frontera, estrategia que más tarde Francia trasladaría para hacerse con Cataluña.

El pasado 19 de marzo Josep Rull, entonces conseller del Territorio, hoy con un papel muy activo en la Presidencia de la Generalitat, presentaba un ambicioso proyecto de trasvase en una de las llamadas «cuencas internas» del Ebro. Consiste en la construcción de 121 kilómetros de tuberías que llevarían las aguas del canal Segarra-Garrigues que se nutre del Segre, principal afluente del Ebro, a 31 municipios del interior de Cataluña, 4 de ellos fuera de su propia cuenca. La Generalitat ha destinado 21 millones de euros al proyecto. La transferencia de caudal es de 0,62 hectómetros cúbicos año, que «podrán ampliarse cuando la obra esté finalizada». Rull manifestó ante los alcaldes beneficiados: «el acuerdo es histórico; con el culminamos un gran proyecto de país para garantizar un bien básico».

No seré yo quien discuta el derecho de todos los pueblos a tener agua a su servicio. Sí coincido con la opinión pública aragonesa en que los «grandes proyectos de país», deben armonizarse con los grandes proyectos –y necesidades– de otros países. La Generalitat alega que en 2010 hubo un principio de acuerdo con el Gobierno Zapatero y que el compromiso sigue vigente.

El lector coincidirá conmigo que el problema, no por «guardar silencio» no existe. Y sería uno más con los que nos encontraríamos si se rompiese una convivencia de siglos en la que personas, territorios, costumbres, tradiciones, por supuesto aguas, están más que entrelazadas. Y de cada día lo estarán más.

Confío en que nuestro viejo y entrañable Ebro no se enoje y quiera volver a su condición de mar inundándolo todo, sin respetar las barreras que ahora algunos insensatos le quieren poner.

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