En el linchamiento de monseñor Munilla destacó una declaración de doña Elena Valenciano, que es nada menos que secretaria de Política Internacional del PSOE: “Hasta su aspecto físico es desagradable, pero lo que no sabíamos es que Munilla es un obispo sin alma”. ¿Se imagina usted lo que sucedería si alguien dijera algo parecido de un dirigente de la izquierda? ¿Se imagina la que se montaría si alguna ministra socialista fuera descrita como fea y desalmada? Pero si uno no forma parte de la elite progresista puede ser objeto de cualquier agresión, y gratis. Así, por ejemplo, José Bono dijo que Esperanza Aguirre “es de las que besan de día y muerden de noche” y nadie protestó. Ningún colectivo feminista tachó a don José de machista. Nada de nada, porque el progreso, la igualdad y la tolerancia son sólo para algunos, mientras que quien no sea de izquierdas no disfruta de derechos, ni de protección, ni de tolerancia. Pues bien, José Ignacio Munilla ha padecido el mismo e instructivo sectarismo. Simplemente todo el llamado progresismo dio por sentado que él había proclamado que la pobreza espiritual de España es un mal mayor que la tragedia de Haití. ¡Y a por él, camaradas, a arrancarle las tripas! Hasta el propio Bono, hablando de arrancar, el mismo Bono que aprobó lo del aborto, reprochó al obispo de San Sebastián por ser “extremadamente conservador”, lo que no viene a querer decir extremadamente bueno. Por supuesto, monseñor Munilla no había dicho eso ni por asomo, sino que estaba intentando abordar el antiguo problema de cómo conciliar teológicamente la bondad de Dios con el sufrimiento de tantos inocentes en este mundo. Él lamentó que sus palabras hubiesen sido distorsionadas. Apreciado monseñor Munilla, tengo malas noticias: estos iluminados carecen de escrúpulos y no le darán tregua, porque usted ha tenido la osadía de no rendir pleitesía ante dos totalitarismos, el nacionalista y el socialista. No se lo perdonarán nunca, salvo que baje usted la cerviz.