Todo lo ñoña, lánguida y extrema que puede llegar a resultar la Giselle clásica, quedó borrado de un plumazo por la descarada, divertida y demente Giselle de Mats Ek. La actualización de la gran obra de repertorio que representó el ballet de la Ópera de Lyon no es sólo correcta, sino brillante en muchos aspectos. A través de un neoclásico sencillo pero muy efectivo, construido sobre la música original de Adams, la coreografía derrocha ingenio expresivo hasta alcanzar un humor fresco y, por momentos, picarón, en la primera parte, e intensidad dramática en la segunda, dominada por la locura de los personajes. Ek no recurre a la parodia en ningún momento. Simplemente conserva los valores perennes de la obra y los expresa con el lenguaje gestual de la actualidad artística.

El elenco al completo cumple con creces su función, incluso el cuerpo de baile, tantas veces olvidado por los grandes ballets. Resulta deliciosa la interpretación de Dorothée Delabie. Técnica aparte (virtuosa, por supuesto), la bailarina hace verosímil el cuento de hadas, y encandila con su expresión sincera del amor romántico con dulzura primero, y sufrimiento después.

 La sencillez relativa de la coreografía –que se permite incluso algún que otro paso puramente clásico-, deja espacio para que la obra respire dentro de la rigidez musical. La escenografía tampoco ahoga: sólo dos telones de fondo, uno para cada acto, y unos huevos gigantes que portan los campesinos son suficientes. De contar la historia ya se encarga la coreografía. Si ampliar  la atemporalidad de un personaje clásico es posible,  desde luego Ek lo ha logrado con esta Giselle.

Una pena que sólo se representara cuatro días dentro de la programación de Madrid en Danza. Apostar es arriesgado, pero en el caso de esta obra el riesgo era muy limitado. Pocas veces se dejan caer en nuestra ciudad espectáculos de este nivel.