Leí un reportaje en El País cuyo título era: “El milagro de Sor Verónica”, y que destacaba: “Es el secreto mejor guardado de la Iglesia. Una comunidad de 134 monjas de clausura, jóvenes, con carrera y conservadoras”. El tono destilaba cierta intranquilidad. Vamos, que si las monjas son pocas, viejas, sin estudios y partidarias del socialismo, entonces no hay problemas, porque sería lo esperable, lógico y plausible. Lo preocupante es que la dinámica Sor Verónica ha transformado la realidad fuera de los cánones progresistas: “apoyada por el Vaticano, mimada por los monseñores, financiada por los poderosos y jaleada por los movimientos neoconservadores, ha hecho de aquel vetusto convento de Lerma un atractivo banderín de enganche para vocaciones femeninas que cuenta con 135 monjas con carrera y una media de edad de 35 años y un centenar más en lista de espera”. Inquietante, sin duda. Me gustó eso de “financiada por los poderosos”, como si no fueran poderosos los políticos que financian a los artistas que atacan a la Iglesia, cuando es del todo evidente que nadie es más poderoso que ellos, porque les quitan el dinero a la gente por la fuerza, mientras que los malvados “poderosos” que ayudan a las monjas son personas que deciden entregarles su propio dinero voluntariamente. En cambio El País, del que las religiosas desconfían, con toda razón, informa (es un decir) que cuando las monjas rezan lo hacen “como los fieles musulmanes”, y ojo con la comparación. No hay críticas a los musulmanes, pero sí al pérfido Rouco Varela. El diario describe el estilo de las celebraciones de Sor Verónica como “algo infantil”. No espere usted que El País denuncie la puerilidad de los actos políticos, sindicales o del llamado mundo de la cultura donde se despotrica contra la Iglesia. Curiosamente, el diario no se pregunta por qué, por qué será que de pronto unas mujeres jóvenes y sobradamente preparadas, en vez de aplaudir el pueril pensamiento único, se ponen a rezar.