Parece absurdo enlazar atractivos erógenos y la política europea, pero están relacionados porque las autoridades sostienen que los ciudadanos padecemos una disfunción sexual que estriba en una actitud hacia ellas que oscila entre la indiferencia y el desdén; cuando no, y esta sería la única dimensión erótica del asunto, el cachondeo. Ningún poder tiene garantizada la estabilidad de su coacción en tales circunstancias. Y eso es lo que les preocupa, y ante eso no tienen escrúpulos. Por ejemplo, cuando el bodrio de la Constitución Europea fue rechazado por el pueblo en varios países, los demócratas que nos mandan decidieron ignorar al pueblo y volver al Tratado de Lisboa, jaleado porque ahí los ciudadanos no dicen ni mu. Si no se puede ignorar su participación en referéndum, la muy democrática solución es obligarle al pueblo a que vote tantas veces como sea necesario hasta que vote lo que los políticos quieren, como en Irlanda, y después ya no será consultado. Los medios de comunicación se llenan de admiradas reflexiones sobre los problemas de Europa y nadie parece apuntar que los europeos tenemos problemas creados por los políticos, y una vez que los crean, los empeoran intentando que no les pasen factura a ellos. Un caso más exitoso de búsqueda del punto G político ha sido el cambio climático, cargado de trucos y mentiras, como hemos visto esta semana. Y otro caso, hablando de G, fue el G-20, entidad ignorada con razón y que de pronto se convirtió en el sitio más importante al que todo político de altura debería pertenecer, o al menos ser invitado, como Smiley. Pero el G-20 no sirve a los pueblos sino al propio G-20, permitiendo a sus nada recomendables integrantes disolver sus responsabilidades, darse importancia y legitimar sus absurdas medidas mediante el humo del consenso: si se ponen de acuerdo tantos líderes, seguramente tendrán razón. Tal el camelo del punto G, que se repite con la tonta idolatría de la ONU y otras burocracias entre inútiles y nocivas.