Leo en Business Week una entrevista con el presidente norteamericano, dispuesto a convencernos de que en su Gobierno “somos acérrimos partidarios de un floreciente y dinámico mercado libre”, aunque se necesitan “algunas reglas”, que no explica bien. Pienso que Smiley compartiría esta ficción e incluso su lenguaje, porque Barack Obama dice cosas como “tras haber derrotado a la recesión, nuestro objetivo ahora es sentar las bases para un crecimiento económico sostenible a largo plazo, y eso requiere innovación y una política energética inteligente”. Se mete con los sueldos de los ejecutivos, coquetea con el proteccionismo y, por supuesto, no reconoce haber cometido ningún error y no asigna ninguna responsabilidad en la crisis a los banqueros centrales que orquestaron el inflado de la burbuja. Dirá usted: no puede ser más inquietante. Pues sí puede. Por un lado está el intervencionismo financiero y bancario, como en la Regla Volcker para que no haya bancos que creen riesgos sistémicos: a saber cómo se hace eso. Pero mire lo que dice sobre la Hacienda Pública: “El verdadero problema pasa por el hecho de que hay un desequilibrio entre la cantidad de dinero que entra y la cantidad de dinero que sale. Y esto va a requerir unas decisiones importantes y difíciles que el sistema político no ha sido capaz de abordar hasta ahora”. Vamos, que este acérrimo partidario del mercado libre está preparando el terreno para un mercado menos libre.