John Felipe era español. Quizá no de nacimiento ni de pasaporte, pero lo era. Español por los cuatro costados desde el primer día que se puso el uniforme del Ejército y prometió servir a la bandera rojigualda. Español porque prometió «garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional». Y era español porque al final como tantos y tantos a lo largo de los siglos, dio su vida por España.
Mañana descansará en su tierra natal, en la hermanísima Colombia, pero España fue su última patria porque el uniforme del Ejército fue su última armadura y esa enseña su última capa.

John Felipe era soldado y hoy, el que un día será el primer soldado de la patria, le rendirá honores en nombre de todos los que un día vistieron y visten el uniforme y en nombre de todos los españoles. Como soldado gritó infinidad de veces vivas a su patria adoptiva y elevó su copa por el Rey; como soldado quiso servir allí donde sabía que el riesgo aguardaba a cada paso; como soldado murió porque enfrente había un enemigo al que batir para que esa patria a la que había jurado servir no reviviera los horrores del terrorismo más radical; como tal partió a la guerra, sin eufemismos, y la guerra se lo llevó, y como soldado estará siempre en la memoria del Ejército y de España.

Pronto su nombre se diluirá en debates y enfrentamientos que a nada conducen, pero hoy, al menos hoy, habrá que darle las gracias. Por España. Gracias, soldado Romero.

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