La cumbre de Copenhague amenazaba con vapores de corrección ecológica sobre la necesidad de que las autoridades nos arrebaten aún más la libertad y el dinero para garantizar la salud de la Tierra. Sólo se cernía un nubarrón en el horizonte populachero: la crisis económica, que limita las posibilidades de los poderosos a la hora de usurpar los bienes de sus súbditos. Pero hace pocos días apareció otro nubarrón: miembros destacados de la elite científica más cercana a la ONU y su Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático han visto miles de sus correos electrónicos hackeados y colgados en la Red. Caramba con estos progresistas que nos miraban por encima del hombro y afirmaban que la evidencia científica del calentamiento global antropogénico era irrebatible. Resulta que nuestras vacilaciones, y las de numerosos científicos, estaban justificadas, tan justificadas que algunos de estos asesores de la ONU se han dedicado durante años a manipular la información, ocultar datos inconvenientes y dificultar que los escépticos publicaran sus dudas en revistas científicas. A pesar del escándalo, no es descartable que los ecologistas radicales continúen con su propaganda, porque carecen de otra agenda que no sea la intervencionista, y toda violación de la libertad requiere la urgencia de que el poder actúe ante evidencias catastróficas incuestionables. Si no existen tales evidencias, ya se les ocurrirá algo. Viven de eso, después de todo.