Dos expertos norteamericanos han comprobado los resultados de una campaña realizada en Rumania el año pasado para facilitar que todas las familias con hijos en edad escolar pudieran tener al menos un ordenador en casa. Como cuenta Randal Stross en el New York Times hace unos días, los resultados parecen poco alentadores: los alumnos que se beneficiaron de esa iniciativa no mejoraron sus notas, sino que las empeoraron.
Algo semejante indicaba ya un estudio que se hizo sobre las consecuencias de la extensión de la banda ancha en Carolina del Norte entre 2000 y 2005. Una vez que disponían de ella, los más jóvenes empezaban a ver como sus resultados académicos descendían.
Stross añade otro ejemplo, el de la campaña del estado de Tejas que ha entregado un portátil a los alumnos de 21 colegios y ha comparado la evolución de sus notas con los de otros 21 colegios. Los resultados son semejantes.
¿Tan perversa es la tecnología? En mi opinión, Carolyn Moynihan da una vez más en el clavo cuando dice que el problema no es digital, sino parental. Si los padres acompañan a los hijos en su inmersión tecnológica -como en cualquier otra cosa-, pueden salir muy beneficiados. En cambio, como sugiere el propio Stross, los jóvenes son expertos en perder el tiempo, y el ordenador puede ser un instrumento muy sofisticado para conseguirlo.
Esa es la clave. El ordenador no pasa de ser un instrumento, un medio. Y la educación también tiene fines, que son lo importante. Parafraseando el famoso proverbio británico, el mejor alumno aprenderá mucho incluso sin portátil, y el peor no aprenderá aunque tenga uno de última generación. Así que ¡vaya un descubrimiento!








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