Fiel al estilo artero de Smiley y a la tradición enredadora del socialismo, y aprovechando el pírrico triunfo de que su gestión parece menos atroz que la de la inolvidable Maleni, el llamado Pepiño se ha sacado de la manga al mejor amigo del hombre, el chivo expiatorio, y ha tronado con una variante del clásico “mardito roedore”, al que ha convertido en: malditos controladores. Con maestría ha hilvanado tres ingredientes del pensamiento único. En primer lugar, el odio al rico. La envidia es una gran fuerza socialista, que el señor José Blanco azuza con desenvoltura: vean, vean, lo mucho que ganan estos asquerosos controladores; son ricos, y por tanto privilegiados. Como si riqueza equivaliera a injusticia, y como si no fueran privilegiados los sindicalistas o la multitud de listillos de todos los partidos que sin oficio ni beneficio, ni exámenes ni oposiciones, medran a costa del contribuyente. En segundo lugar, la confusión, que va desde la rentabilidad de unos extraños negocios completamente intervenidos por los gobernantes y donde toda noción de la mano invisible del mercado es pura ficción, hasta una supuesta descentralización, que despertó las protestas de los nacionalistas, y una falsa liberalización o privatización de un ente que quedará al menos en un 51 % en manos del Estado. Y en tercer lugar, el más difícil todavía: Blanco se presentó como un valiente desfacedor de entuertos exógenos, como un justiciero que reparará agravios provocados por otros, con la misma caradura de Smiley cuando promete “luchar contra el paro” cuando es su propiciador. No hay derecho a que los controladores cobren tanto, protesta don José, como si este asunto cayera lejísimos de las autoridades, como si los controladores fueran o bien asaltantes de caminos o bien opulentos gracias al mercado libre y no a la intervención política y legislativa. Lo de Blanco es un “totum revolutum”, editorializó nuestro periódico el miércoles. O mentira, mentira, como dice el tango.