Los socialistas de todos los partidos aman el apocalipsis. La actitud política fundada en la necesidad de arrebatarles a los ciudadanos la libertad y el dinero por su bien es incompatible con un mundo de mujeres y hombres que prosperan libremente: al contrario, se impone el zarandear acuciantes consignas sobre el peligro inminente y catastrófico que representan. Evidentemente, si el cielo está a punto de caer sobre nuestras cabezas, como temía Abraracúrcix, el intervencionismo está justificado: se trata de salvar a la humanidad. Ese rechazo a la libertad conduce a fabulosas manipulaciones que ignoran las evidencias en su contra, desde la ficción de que la pobreza y la desigualdad han aumentado en el mundo tras la caída del Muro de Berlín, cuando han disminuido, hasta el camelo de que las víctimas de los accidentes de tráfico se han reducido gracias al carné por puntos, cuando venían reduciéndose desde antes. Algo similar sucede con el llamado cambio climático, que no tiene que ver con el cambio del clima sino, otra vez, con calamidades climáticas terribles debidas a las personas libres que, por tanto, no deberían serlo. Y una y otra vez se llenan los medios de comunicación de imágenes de osos polares en peligro de extinción, siendo así que cada vez hay más osos polares. O se pasa por encima del “climagate” alegando que, como suben las temperaturas, ello de por sí avala las profecías lúgubres y las subidas de impuestos. Y marchando un Nobel para Al Gore. La cosa es más modesta: no está claro el grado en que la tierra se calienta, ni la contribución humana al fenómeno, ni la gravedad de sus consecuencias. Pero la cautela es incompatible con unos apocalípticos que necesitan que creamos que pasado mañana Sevilla quedará inundada, como combustible de sus vastos planes de reorganización social. Por cierto, con la misma fatal arrogancia con la que juran que el planeta se calienta por nuestra culpa gravemente y sin remedio, hace treinta años juraban que se enfriaba.