El mayor éxito que han tenido Smiley y su banda es que la reforma anunciada de las pensiones ha sido saludada por muchos de sus adversarios como muestra de responsabilidad. Es tarde, han reconocido los críticos, pero más vale tarde que nunca. Esto es un error. El Gobierno no está actuando por sentido de la responsabilidad sino por puro oportunismo político. La prueba estriba en los dos argumentos esgrimidos para la reforma: la demografía y la crisis económica. No cabe duda de que un sistema de reparto se verá inevitablemente asediado si los activos tienden a disminuir con relación a los pensionistas y si la crisis convierte a una multitud de cotizantes en perceptores de seguro de desempleo. Pero esto se sabía ya. Si el Gobierno actúa ahora no es porque esté repleto de estadistas obsesionados por los sinsabores de la patria a largo plazo sino porque teme que la inacción le resulte electoralmente más gravosa que la acción a corto plazo. Una vez decidido a actuar, el criterio sigue siendo el mismo de siempre: presentarse como solución de un problema que ha creado o contribuido a agravar. Y hablando de agravar, lo más grave no es que Smiley y sus secuaces pretendan hacer que los españoles trabajen más años a cambio de una pensión menor, que también, sino porque aquí nadie propugna que los ciudadanos sean los dueños de sus pensiones y decidan libremente qué hacer con su retiro. Ello exigiría otro Gobierno. Y, para más “Inri”, otra oposición.