El distinguido periodista económico Hernando F. Calleja publicó en El Economista un notable y valiente reportaje sobre uno de los secretos mejor guardados: la financiación sindical. Resumió su diagnóstico en este inquietante titular: “todos pagan y todos callan las cifras”. Los sindicatos podrán exigir transparencia a los demás, pero son un ejemplo de opacidad. No quieren hablar de sus cuentas, denuncia Calleja, “porque les obligaría a reconocer que las cuotas de sus afiliados no cubren ni el 5 por ciento de sus gastos anuales”. Aparte de lo que cobran presupuestariamente y en blanco, hay un agujero negro: “una trama de subvenciones y pagos en especie que todas las administraciones y otras instituciones pagan”. Es el caso de la formación, de la que también se beneficia la patronal; las retribuciones en especie son asimismo cuantiosas. Pero si usted quiere averiguar exactamente lo que pagan las autonomías y los ayuntamientos a los sindicatos y a sus casi 200.000 liberados, obtendrá la respuesta que le dieron a Calleja: “por favor, no nos metas en un lío”. Con un equívoco concepto de entidades representativas, los sindicatos en realidad están sobrerrepresentados; su presencia en toda clase de organismos, como las cajas de ahorros, no guarda la más mínima relación con el respaldo efectivo que les brindan los trabajadores, y el resultado es que gozan de unos privilegios que “no tienen parangón institucional”.