El socialismo tiende a ser incompatible no sólo con la libertad sino también con los escrúpulos. Su fatal arrogancia conduce a la izquierda hacia callejones sin salida y, por tanto, descartada la vuelta atrás, a la éticamente devastadora alternativa de mentir. De ahí las declaraciones espectaculares de los gerifaltes del PSOE, que ante más de un millón y medio de nuevos parados aseguran sin rubor que habría mucha gente tirada en la cuneta ¡si gobernara la derecha! Con su prédica incesante a favor de los débiles Smiley es un ejemplo más, aunque muy distinguido, de este disimulo, ejemplo del doble lenguaje orwelliano, conforme al cual la coacción ejercida por la izquierda es una mezcla impecable de abnegación y heroísmo. La retórica alcanza cotas difícilmente superables con líderes tan destacados como José Blanco: “No retrocederemos un milímetro en la defensa de las conquistas sociales a pesar de las presiones, vengan de donde vengan”. ¿A que es un lenguaje asombroso en un Gobierno cuya gestión se ha traducido en una tasa de paro que duplica la media europea? O el diestro ardid de Smiley, presentándose orgulloso por “haber sabido decir no a los poderosos y los que representan ciertos intereses”. Nadie es más poderoso que él y ante su poder él dice siempre sí; lo dice también cuando ayuda con dinero ajeno a algunas empresas multinacionales, pero a quien somete sin piedad a paro, impuestos, prohibiciones, multas y obligaciones sin escape es al pueblo trabajador, precisamente a los débiles que finge representar y amparar. Dirá usted: los socialistas sí tienen escrúpulos, porque se les ve inquietos y desasosegados, lo que sugiere que alguna duda punza sus conciencias. Temo, empero, que no están preocupados porque ignoren si lo que hacen es bueno o malo, o lo que dicen verdadero o falso, sino porque las encuestas han abierto la posibilidad de que incluso un Barbie acusado y acosado por el fantasma de algo tan típicamente progresista como Filesa les arrebate el poder.