Sólo el resentimiento más injusto y cruel explica la proliferación durante esta semana de bromas hirientes acerca de la pretensión de Smiley de optar al Premio Nobel de la Paz. Digámoslo claramente: Smiley vale para el Nobel. A ver: ¿por qué no? Si es porque sonríe y dice bobadas grandilocuentes, tampoco lo habría obtenido el idolatrado Obama. Nadie disputará que Smiley, siendo dañino, lo es mucho menos que personajes tan siniestros como Yasser Arafat o Rigoberta Menchú, que también lo ganaron. Tampoco es peor que el juez Garzón, candidato y gran pacifista que persiguió a Pinochet pero no a Castro, y a los terroristas de ETA pero no a los Montoneros. Es verdad que dárselo a Smiley es un insulto a los que lo han merecido, como la Madre Teresa, Martin Luther King, Lech Walesa, Andrei Sajarov, Aung San Suu Kyi, y algunos otros, como el recientemente fallecido Norman Borlaug. Pero no parece que en su vaciedad bondadosa y su culto al poder Smiley quede muy mal junto a tantos Nobel de la Paz como su admirado Kofi Annan o el ínclito Al Gore. Hace unos días sostuvo Bret Stephens en el Wall Street Journal que este premio es en realidad un premio al buenismo, y siguiendo a Oriana Fallaci describió así a sus cultivadores: “Piensan que los males del mundo derivan de tecnologías y sistemas, y cualquier cosa menos los corazones de los hombres, donde reina el amor; confunden los deseos con las posibilidades; valoran más sus propias intenciones morales que la eficacia de sus actos; creen que la educación es la solución, cualquiera que sea el problema; y, sobre todo, los buenistas son personas que quieren ser vistas como buenas”. Stephens empleó esta definición de buenismo pensando en Barack Obama y la Academia, pero se ajusta a Smiley como anillo al dedo. El martes en el despacho oval, habrá pensado lo siguiente sobre Obama: si este tío no hecho nada más que sonreír y soltar obviedades políticamente correctas ¿por qué va a ganar él el Premio Nobel de la Paz y no yo?