En los últimos tiempos los políticos encargados de la Defensa Nacional han tendido con bastante asiduidad a disfrazar a nuestros ejércitos ante la sociedad como ong’s entrenadas y con pistola decorativa. Escasean las fotos con armas que puedan evocar la guerra y se prodigan las de militares con cascos azules o en actitudes humanitarias. Éstas últimas están muy bien, pero sigo en mi empeño de que no caiga en el olvido el aspecto habitual del militar. Básicamente el guerrero. Y me he dado cuenta de que no yerro en mi cabezonería y mi reincidencia.

Digo esto porque he visto en los últimos tiempos un vídeo explicativo del Ejército de Tierra, muy interesante en cuanto a su contenido. Pero al caso viene su introducción. Ésta está compuesta de una sucesión de imágenes del Ejército muy alejada de los conceptos pseudopacifistas de la Milicia. Carros de combate disparando, fieros vehículos armados, soldados reptando bajo alambre de espino, rodeados de humo y con el fusil en la mano, y así un largo etcétera. Es decir, el Ejército en su esencia, nada raro, todo en su sitio.

Lo grave, en el fondo, es que a mi mismo me haya llamado la atención. Quizá han conseguido adormecer hasta las conciencias de quienes estamos día a día atentos al mundo militar. Tal vez han logrado que un disparo de un fusil nos parezca una afrenta a la bondad mundial. Supongo que querrán que las armas disparen palabras con las que abrazar civilizaciones poco amistosas.

Hace no mucho tiempo, a las puertas del Ceseden se me acercó un perroflauta (esto es, un tipo con aspecto de criadero capilar de parásitos, habitualmente acompañado de un perro con el que comparte insectos y una flauta con la que trata de ganar unos eurillos para la litrona) con un panfleto. En él, y él mismo de viva voz, exigía la retirada de las tropas de Afganistán porque estaban matando a los afganos, porque llevaban armas terroríficas y porque estaban ocupando un país ilegítimamente. Yo acababa de volver de aquel país, así que en vez de mandarle con sus piojos a otra parte, le expliqué las bonanzas del trabajo que estaban realizando nuestras tropas allí, con el fusil y con la pala, y la necesidad de ambas cosas en la misión si no quería que de aquel país saliera un hijoputa que volara su flauta, su perro, y acabara con su criadero de parásitos. El chaval se fue un tanto confuso, desilusionado diría y al final me dí cuenta de que lo único que pasa es que nadie sabe nada y que por antagonismo con tiempos pasados que ahora se quieren borrar se ha presentado al militar como un «abracitos». Y no es eso. Digo yo, vamos.

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