Reconozco que la comparación entre nuestro líder preclaro y la antigua jefa del Gobierno británico podrá parecer absurda. Margaret Thatcher es una mujer con principios. Smiley tampoco. En el gobierno de Thatcher había personas brillantes y traidoras. En el de Smiley es posible que se agazape algún traidor. Mujeres y hombres libres recordarán a la señora Thatcher como alguien que estuvo a su lado. No a Smiley. Podríamos seguir. Sin embargo, hace pocos días al mejorable monclovita se le escapó esta frase: “España es un país serio”. Gran verdad, sin duda, y con claros ecos liberales, porque quien ama la libertad subraya la distinción entre pueblos y gobiernos, respetando a los primeros y cachondeándose de los segundos, ambas inveteradas y saludables costumbres de los españoles. A veces nos excedemos, como cuando creemos que nuestras autoridades son mucho más patéticas que las de otros países, y no es cierto: véase a sujetos como Sarkozy u Obama, cuya demagogia progresista planetaria, que diría la otra, no es menor que la que padecemos por estos lares, a lo que cabe añadir que a tales individuos se les toma en serio, con lo que resultan más peligrosos que nuestros mandatarios. También nos excedemos cuando fantaseamos optimistas con que el Gobierno es malo pero la oposición buena, como si Smiley fuera Jack el Destripador y Barbie el viejito bondadoso y sabio de “Érase una vez el hombre”. Pero en cualquier caso, Smiley acertó: los españoles somos un país serio. El que no es serio es el Gobierno. A la propia Margaret Thatcher, no precisamente una mujer fácil de amedrentar, le dieron un bonito corte a propósito de esta distinción. Hace muchos años voló a Roma en viaje oficial y, con su característica falta de pelos en la lengua, le espetó al entonces titular de Asuntos Exteriores, el liberal Antonio Martino: “Señor ministro, su país es muy hermoso pero su gobierno es horrible”. El inteligente italiano sonrió y respondió: “Señora, sería mucho peor que fuera al revés”.