En una de las ponencias de la Cumbre Mundial de la Familia, celebrada en  en Abu Dhabi con la asistencia de 87 países, he podido abordar el problema del desempleo juvenil y el papel de la familia en su prevención.

Además de señalar que el desempleo está afectando más a los jóvenes que al resto de la población –situación inédita hasta ahora–, he aprovechado para insistir en que la solución pasa por el apoyo de la familia. A corto plazo, porque la familia es donde el joven encuentra apoyo para seguir adelante; y a medio y largo plazo, porque si los padres aportan la formación en valores adecuada la sociedad estará en mejores condiciones de afrontar el futuro.

De hecho, numerosos estudios de otros países muestran la mejoría en los resultados académicos y, por tanto, en el futuro profesional cuando los padres ejercen su protagonismo en la educación. Además, el empeño de todos los sectores sociales para conseguir un empleo estable es la mejor garantía de que los jóvenes de hoy serán ciudadanos responsables del mañana, y que podrán aportar lo que todos necesitamos.

Sin embargo, parece que en nuestro país nos a veces nos cuesta entender esa relación entre una familia fuerte y una sociedad fuerte, aunque la crisis no ha hecho más que confirmarla. Necesitamos mejores sociedades y mejores sistemas educativos pero, sobre todo, necesitamos mejores padres. Si se aprovecha esa lección, la propia crisis puede ser una gran oportunidad de volver a poner la institución familiar en su sitio.