Cuando los políticos hablan de medidas valientes, como han hecho Smiley y sus secuaces, suelen ser valientes medidas. Porque el valor en el sentido de esfuerzo y sacrificio de los intereses particulares en aras de la comunidad no es habitual en las autoridades. Aquí lo que sucede es que el Gobierno teme que los costes políticos de la crisis económica se consoliden de tal modo que la recuperación, que vendrá, no impida derrotas electorales socialistas. Entonces pone cara de responsable cuando en realidad lo que pretende es atenuar esos costes: de ahí el mensaje de la vicepresidenta Fernández de la Vega, que repetirán machaconamente los socialistas: “Es importante que nos sentemos a trabajar todos con sentido de Estado”. Ahí está la trampa: siempre que al Gobierno le interesó, adoptó medidas sectarias en soledad y sin consenso. Ahora sospecha que no hacer nada es peor que hacer algo, pero que cualquier reforma será aprovechada por sus enemigos para atizarle, y pretende trasladarles parte del coste. Dirá usted: por suerte contamos con el PP. No sé yo. Soraya Sáenz de Santamaría pidió que el Gobierno “se apriete el cinturón” y a continuación propuso reducir los altos cargos, es decir, la misma cosmética bobada que proponen incluso algunos socialistas como José María Barreda. Por cierto, es verdad que Smiley podría mejorar su gabinete con una crisis de gobierno: bastaría con que quitara a cualquiera y nombrase a cualquiera.