En el Ministerio se apilan los recursos contra la Ley de la Carrera Militar. En los despachos de abogados se frotan las manos con lo que puede ser el caso del año. En los cuarteles la gente rebusca en su moral para encontrar un poco de ánimo con el que tirar “palante” y no suicidar su vocación colgando el uniforme de un pino. En breve, los oficiales de ambas escalas integradas a capón se darán de tortas, mientras los suboficiales, expectantes, esperan a ver si hay hueco para progresar en la carrera de una santa vez. No lo hay, así que acabarán haciéndose el hara-kiri con la cruz al mérito militar con distintivo blanco.
Y nadie hace nada. La moral de su gente por los suelos, el desastre manifiesto sesgando carreras, y nadie hace nada. Los militares han llevado el ruido de espadas a los bufetes (mucho más democrático), y los que no, miran a ver si en el mercado de trabajo aún queda un rincón sin rebuscar, y nadie hace nada.

La ministra pasa del tema. Es un marrón heredado, y cuando pregunta la asesoran los mismos que parieron la ley, con lo que el movimiento principiado en la pregunta se aborta en menos de catorce segundos con satisfacción paterna.

Los generales están preocupados. Alguno me ha preguntado si yo sabía si ellos podían recurrir. Pero supongo que muchos también prefieren callar a molestar a quien no deben.
Nadie hace nada, y la bola se va haciendo más y más grande. Un día aplastará a cualquiera, y entonces será demasiado tarde para que alguien haga algo.

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