Creo recordar que era en los años 80 cuando se realizó una encuesta entre los universitarios franceses muy significativa. Se les pedía que eligieran qué hacer en caso de una invasión rusa: alistarse o aprender ruso. La inmensa mayoría eligió la opción «b». No quiero imaginar cuál sería la contestación de los universitarios españoles si esa encuesta se hiciera ahora ante una hipotética invasión de Marruecos. De ahí la importancia de la «conciencia de Defensa» tan arraigada en el mundo anglosajón y tan embrionaria en nuestra sociedad.

El pasado viernes entrevisté al ministro de Defensa. De cerca es un hombre amable, simpático, educado. Escucha con atención y medita muy bien cómo decir lo que tiene tan claro. No titubea cuando eleva el concepto de patria al nivel de imperativo categórico, ni cuando pone «la Defensa sobre todo». Él ya habló en su comparecencia en el Congreso de la «conciencia de Defensa», y en la entrevista insistió hasta la saciedad en la importancia de esa política, construida sobre el esfuerzo de hombres y mujeres ejemplares, para sostener la credibilidad de España, para tener una acción exterior consistente y para tener peso en aquellos organismos donde un país serio tiene que tenerlo.

La extraña paradoja de nuestra sociedad es que tiene a las Fuerzas Armadas en la más alta estima pero no duda un segundo en pedir el recorte del presupuesto de Defensa cuando hay que ahorrar de algún lado. Nuestro país hace un esfuerzo en esta materia que supone el 0,66 por ciento del PIB, como Luxemburgo. Es decir, ridículo. Francia está en el 2 por ciento y Estados Unidos prefiero ni mentarlo. Nosotros no padecimos la Segunda Guerra Mundial, conflicto que generó en nuestros aliados occidentales una conciencia tan directa como cruel de la importancia de la Defensa, amén de un solemne respeto por los militares, lo que lleva a que no cuestione excesivamente el gasto en esta materia. Esa bendita carencia del gran conflicto y el efecto rechazo que en buena parte de nuestra sociedad generó asimilar a todos los militares con el régimen anterior, nos ha llevado a una situación casi insostenible de la Defensa, económica y socialmente. Gobierno tras Gobierno el esfuerzo en esta materia ha descendido en cantidades inversamente proporcionales al incremento del PIB. Y al tiempo que las cuentas se escuchimizaban, el esfuerzo en concienciar a la gente se quedaba en vídeos promocionales cuando no en ocultaciones vergonzosas.

Así, por desgracia, hoy en día hace falta explicarle a la sociedad que el gasto en Defensa de nuestro país sirve para proporcionarles la libertad y la seguridad con la que viven. Por desgracia hace falta explicar que los militares son nuestro escudo aquí y en la otra punta del mundo y nuestra punta de lanza en la acción exterior, embajadores de la fiabilidad y la confianza de un aliado respetable para aquellos que comparten el terreno con nosotros. Es triste pero hay que contarles que los militares no son unos fachas retrógrados sino los primeros servidores de España, esté ésta gobernada por el color político que sea. Todo eso es la «conciencia de Defensa», la que entiende que hace falta invertir en esta política, la que respeta solemnemente a los militares, la que les apoya estén donde estén y la que les recibe con gratitud cuando vuelven de sus misiones vivos o muertos. Políticos, medios de comunicación, empresas, instituciones, tenemos una asignatura pendiente. Y el Gobierno, una obligación moral de impulsarla, defenderla y no mermar aún más las débiles cuentas de la Defensa.

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