miércoles, 28 junio 2017
19:21
Actualizado a las 
Ofrecido por:
  • 1
Religión

Las víctimas que no existen

ETIQUETAS

No hay datos, ni pruebas y, en muchos casos ni tan si quiera recuerdos. Sólo esos «flashback» que les despiertan a media noche, que les hacen revivir esa película de la que ellos se creían meros espectadores y de la que, en realidad, son protagonistas. Así viven los ASI, los supervivientes que han sufrido Abusos Sexuales Infantiles (ASI). «Soy una mujer de 35 años, licenciada, con dos hijos, y sufrí abusos sexuales entre los 7 y los 9 años. Mi agresor era mi primo, menor de edad. Toda mi vida he estado en silencio hasta hace seis meses». Así empieza el relato de Patricia (nombre ficticio porque prefiere mantener el anonimato). Su relato no es único, aunque son pocos los que son capaces de hablar de ello, pero a ojos de la sociedad, lo que sufrió esa niña sigue siendo un hecho aislado. No existen datos oficiales ni se han elaborado encuestas que reflejen la realidad de este problema, el de la pederastia, el de los abusos de puertas para dentro, el de los malos tratos sexuales a los niños de las personas que, supuestamente, tienen que protegerles.

Es cierto que, como indica la psicóloga Noemí Pereda, responsable de Investigación en Victimización Infantil y Adolescente (GReVIA) de la Universidad de Barcelona, «España cuenta con datos oficiales de los casos de abuso notificados a las autoridades, pero esas cifras jamás muestran la realidad del abuso sexual infantil». Es más, este diario solicitó el número de denuncias puestas en el último año a la Policía Nacional y aseguraron que no cuentan con esos datos. Y además, «existe una inmensa cifra negra en el ámbito del abuso sexual infantil que no es conocida por las autoridades y que es mucho mayor». Sólo se han publicado cinco trabajos al respecto en nuestro país y el único que tuvo apoyo institucional –contó con la subvención del Ministerio de Asuntos Sociales– es el que realizó en 1994 el catedrático de Psicología de la Sexualidad de la Universidad de Salamanca, Félix López. Encuestó a 2.300 adultos de entre 18 y 65 años. Sus resultados son reveladores: un 15% de chicos y un 23% de mujeres habían sufrido abusos cuando tenían menos de 17 años. "Los abusos sexuales a niños siempre han existido, pero ahora estamos consiguiendo que se hable de ellos", afirma otra valiente, Amelia. Su testimonio lo comparte cada día en uno de los foros que utilizan los supervivientes: forogam. Allí se dan apoyo y son capaces de contar lo que no pueden decirles a sus hijos o a su pareja (en la Red, Amelia es más conocida como Némesis). No tiene pelos en la lengua y da detalles de lo que sufrió durante su infancia: "Mi padre era un maltratador y un abusador. No sólo me agredió a mí, sino también a mis cuatro hermanos", pero sólo ella ha sido capaz de contar lo vivido durante aquella infancia de sufrimiento. Pero el caso de Amelia es aún más flagrante: el mayor de sus hermanos –con el que se lleva 12 años– paso de abusado a abusador. "En un ''flashback'' que tuve hace dos años vi cómo me sacaban de los pelos de debajo de la cama. Él y mi padre". Al igual que el resto de víctimas, ella también tuvo secuelas. "Salí con todo tipo de chicos porque no tenía ningún respeto por mi cuerpo", hasta que encontró a su marido. Ahora es una madre feliz, aunque como muchos supervivientes, no tiene relación con su familia. "Cuando lo hablé con mi madre y con mi hermana me dijeron que me lo había inventado, que miento", pero cuando Amelia tenía 14 años esa hermana que hoy la rechaza interpuso una denuncia en su nombre que más tarde retiraría. "Sé que mi padre la presionó".

Como expone el estudio de Gómez, el 4% de los abusos se da en entidades vinculadas a la Iglesia, ocho de cada diez ocurren en el seno de la familia. Según la obra «Abuso sexual infantil en las mejores familias», cuatro de cada diez abusadores son el padre biológico; más del 23%, familiares cercanos, como es el caso de Patricia; y más de 17%, conocidos no familiares, como le ocurrió a otra superviviente, Nataly, que narra su historia desde el otro lado del charco. En su caso fue el hijo de su padrino. «Cada vez que tenía oportunidad, me obligaba a tocarle sus genitales». Años más tarde se dio cuenta de que esos abusos eran el motivo de la depresión que sufrió con sólo 15 años. Aunque sabe que la terapia es la mejor vía para recuperarse, «no voy porque recordar me hace mucho daño, me vuelvo a sentir humillada y vulnerada», escribe.

Los resultados nacionales no distan mucho de los europeos, afirma Margarita García Marqués, psicóloga clínica y fundadora de una de las pocas entidades que trabajan para ayudar a los supervivientes de abusos, la Asociación para la Sanación y Prevención de los Abusos Sexuales en la Infancia (Aspasi). «Son víctimas de abusos sexuales una de cada cuatro niñas y uno de cada seis o siete niños». A la vista de los datos, ¿no existen suficientes políticas de protección de la infancia o no son eficaces? Pereda asegura que «sólo existen herramientas una vez se ha producido el abuso, pero fallamos en la prevención, en la que el Gobierno no ha invertido nada». Lo peor no es que no existan estas iniciativas sino que «no hay ningún interés por aplicarlas». «Ni sanitarios ni educadores, salvo excepciones, enseñan a los niños educación sexual para que puedan afrontar posibles riesgos», añade. No obstante, Gómez sí que deja claro que «las leyes son suficientes, pero no así las prácticas familiares, escolares y sanitarias». La fundadora de Aspasi discrepa: «Las normas no funcionan porque uno sólo es culpable si se puede demostrar y los niños no siempre pueden ser protegidos porque no hay pruebas suficientes». Y va más allá: «En algunos casos el niño se ve obligado a ir con el presunto abusador cada dos fines de semana aunque tenga miedo y esté asustado, porque es su padre». «Nadie quiere reconocer que los abusos sexuales ocurren en su casa, en su institución o en su país», remarca la profesora de la Universidad de Barcelona.

Como explican los propios ASIs –como se denominan entre ellos los supervivientes– las secuelas de su sufrimiento les duran años y hasta décadas y, en muchas ocasiones, su cerebro olvida lo que ocurrió hasta que cualquier acontecimiento les hace revivir ese horrible momento. Es entonces cuando llegan las pesadillas, los trastornos de conducta, los cambios de humor, el rechazo a la pareja y empiezan a emerger imágenes. Lamentablemente sólo un 2% de los casos se conocen al tiempo que ocurren, destaca el estudio de 1994 y sólo una de cada diez familias confían en la víctima, en su relato.

«Crees que has vivido en una película hasta que lo recuerdas»

«El agresor es un manipulador. Juega con la fidelidad del niño. Es su secreto». El cerebro de Alexandra tardó varios años en entender por qué un familiar abusó de ella, pero "dejé de buscar el día mágico que rompí mi silencio: el 29 de junio de 2007 cuando me atreví y se los dije a mi madre". La mayoría comienza a revivir lo ocurrido pasados los 30. Su primera imagen es la de unas manoletinas. «Mi madre me las había comprado para mi comunión». Tenía 7 años. Fue a la casa de un familiar: «Ven, enséñamelas», le dijo. Ahí empezó «su secreto» y la terapia le ha ayudado a comprender que los abusos empezaron antes, aunque no tenga imágenes claras. Todo saltó con un hecho corriente: un regalo que ella y su pareja tenían que comprar. «Me vino a la mente uno de los ‘’regalos’’ con los que él me ‘‘compraba’’: una cocinita». Entonces, «crees que lo que estás viviendo es una película y lo tapas». Hasta que «el olor a alcohol o un lavabo sucio te lo recuerdan». Ese «flashback» fue en 2006. «Tardé nueve meses en decírselo a mi madre», dice. Ahora es una mujer vital que ha fundado una asociación que busca ayudar a otros supervivientes (El mundo de los ASI), pero «durante mucho tiempo no confiaba en las personas».

Alexandra Membrive, una de las víctimas
Alexandra Membrive, una de las víctimas
SIGUENOS EN LA RAZÓN
  • 1