Manhattan

Rosella López, la empresaria de moda española que triunfa en Manhattan

«Michelle Obama nos encargó un vestido sexy y elegante», asegura la vicepresidenta de Cushnie et Ochs

Rosella López en su oficina de Nueva York. ​
Rosella López en su oficina de Nueva York. ​larazon

Tras trabajar para Diane Von Fursterberg y Ralph Lauren, esta valenciana se puso al frente de Cushnie et Ochs, la nueva firma fetiche de las «celebrities»

Nació en Castellón en 1979, pero a día de hoy se codea con lo más granado de la sociedad neoyorquina. Si descuelga el teléfono habla con Anna Wintour o Ralph Lauren, se toma una copa con Karlie Kloss o Lauren Santo Domingo u organiza una reunión con Alexander Wang. Pero eso no es lo más importante de Rosella López, sino que haya conseguido lo que muchos sueñan: triunfar en Manhattan.

Su historia es de las que inspiran: trabajó duro para formarse y supo ver la promesa encerrada en «sus niñas». Apostó por Carly Cushnie y Michelle Ochs y juntas dieron vida de nuevo al Garment District, ese «centro de la moda» entre la Sexta y la Novena Avenidas que el gobierno de Nueva York quiso revitalizar en plena recesión económica.

Hoy es un ejemplo para los nuevos diseñadores, sus vestidos se venden por todo el mundo y cuentan con el escaparate de la New York Fashion Week. R​osella r​ecibe a LA RAZÓN en un rascacielos con un «total look black» (el uniforme de trabajo fashionista), con millones de expresiones americanas ​ incorporadas a su vocabulario​ y, ante todo, con una sonrisa.

¿Cómo acaba una joven de Castellón al frente de una empresa en Estados Unidos?

– Pues como con todo, con formación, trabajo y suerte. A mí siempre me ha gustado viajar; realicé los estudios de Secundaria en Inglaterra y después de hacer la carrera en ESIC en Valencia (necesitaba y quería pasar tiempo con mi familia), hice un MBA en Míchigan, en 2001. Tras el problema del 11-S tuvimos que permanecer en Estados Unidos por temas de visado, así que aproveché el «training program» que me ofrecían tras el máster y decidí trasladarme a Nueva York.

– Entonces es cuando comenzó a trabajar con Diane Von Furstenberg...

– Fue increíble. En aquel momento éramos muy poquitos y ella quería renovar la empresa. Hacía un par de años que había puesto en pie la marca, pero no era la multinacional que es ahora. Era una operación mucho más pequeña. Yo era la becaria, aunque en aquel momento hablaba a tres idiomas (ahora son seis), algo muy valorado en Estados Unidos. Quizá fue ésa mi ventaja diferencial: la directora de ventas necesitaba a alguien que tuviera competencia en varios idiomas y ahí estaba yo.

– ¿Cuáles eran sus tareas?

–En aquel momento no me daban muchas responsabilidades, pero empezaba a tratar con los clientes, a conocer directamente a las personas con las que trabajábamos, y aunque hacía millones de fotocopias al día también empezaba a recibir y procesar las órdenes. Sobre todo fue muy importante para conocer a Diane, su cultura, lo que significaba. En aquel momento era un icono, aunque ni la mitad de lo que es ahora. Éramos 30 en la oficina, ella tenía su casa sobre nosotros, y bajaba cada dos por tres. Relanzamos su marca, pusimos de nuevo sus «​wrap dresses» de moda, sus clásicos de los años 60... Yo pensaba: «Qué suerte trabajar con esta mujer, que se casó con un príncipe europeo». Y después me fui a trabajar con ella a París.

– ¿Relanzó y expandió la marca DFV en Europa?

– Empecé con el mercado de París y después me expandí por Europa, y ya era yo quien llevaba a los clientes. Trabajaba especialmente en España, Francia, Italia e Inglaterra. Con 23 años ya entendía cómo funcionaba el mercado de la moda, y de 25 boutiques pasamos a 800 en poco tiempo, además de toda la presencia en las tiendas multimarca.

– ¿Cómo dio el salto a Ralph Lauren con tan buenas perspectivas?

– Después de dos años en París, me pidieron que pusiera en marcha, junto a mi equipo, las oficinas centrales en Londres, así que me mudé. Pero en el fondo tenía tres jefas, seguía ​sin ser nadie y realiz​aba​ muchísimo trabajo de campo. Cogía el coche y me recorría Europa, llamaba a todas las puertas. Y entonces es cuando llamó Ralph Lauren a mi puerta, y tuve que decirle que sí. Fueron tiempos frenéticos: iba a Nueva York a ver la colección, luego a Londres, París, Milán...

– ¿Qué le aportaba que no hubiera encontrado en DVF?

– Con Diane hice un auténtico máster, fueron años de mucho aprendizaje, pero con Ralph tenía un equipo potente, estaban volcados con la fuerza de ventas, era como «dream on». Fue un máster de moda, de ventas, de lujo y de finanzas; fue mi especialización. Además me gustó trabajar desde Londres, porque prefiero la mentalidad europea a la americana, especialmente en el trabajo. La presión era límite, pero la empresa lo merecía.

– Pero sintió la llamada de la Gran Manzana...

– ¡No fue tan sencillo! El que era mi novio –que aún lo sigue siendo– tuvo una oferta muy buena para venir a trabajar a Nueva York, y yo no quería venir. Después de haber estado en París y Londres, tan cerca de mi familia, me costaba mucho cruzar el charco. «Been there, donde that!»: lo entendía como un paso atrás y además esta ciudad es muy «cut throat», cuesta mucho vivir aquí, tienen una mentalidad muy agresiva y cero sentido común. Empecé a ir y venir y seguía con Ralph, pero cumplía 30 años y pensé: «Si me quedo en Londres pierdo a este chico (italiano) y me compro un gato; si vengo a Nueva York me quedo con el chico pero sin trabajo». Así que empecé a buscar empleo en Manhattan.

– ¿No era posible trabajar para Ralph en Nueva York?

–No me gustaba. Las oficinas aquí son enormes, y yo me sentía joven y quería hacer algo nuevo. Y entonces conocí a Carly Cushnie y Michelle Ochs.

– ¿Amor a primera vista?

– Sí, fue un flechazo. No sólo porque son guapísimas (Carly es inglesa y Michelle​,​ germano-filipina), sino porque congeniamos. En aquel momento eran dos niñas recién salidas de la escuela Parsons de diseño, pero un «headhunter» me habló de ellas y quise conocerlas. En cuanto vi su portfolio me enamoré porque no era puramente americano, sino que por su propio «background» se acercaban a Europa. Necesitaban una jefa de ventas y aunque sus recursos eran muy limitados y el trabajo era mucho, creí en ellas y me lancé. Eran jóvenes, tenían talento y se veía que no habían explotado porque no habían sabido gestionar su producto. Pero el potencial estaba allí. Así que nos dimos un voto de confianza mutuo.

– Lleva ya cuatro años con ellas. ¿Qué han logrado?

– El mayor problema era la infraestructura. Ellas vendían muy poco, no contábamos con los mínimos para producir. Pero tuvimos la suerte de estar en recesión... Y necesitábamos producir aquí, en el Garment District. Como estaba económicamente hundido todo fueron facilidades. Así que tomé el ejemplo de Mercadona y decidí producir ​de forma ​local.

– La ciudad de Nueva York concedió ayuda​s​ para impulsar la fabricación y rescatar la industria deprimida, pero ¿cómo conseguían clientes?

– Vendíamos a los almacenes Bergdorf Goodman, a veinte manzanas. Así que sólo producíamos lo que vendíamos, casi a demanda, y llevábamos las piezas en taxi. Sólo les dábamos «best sellers»: ​yo ​compraba las telas, cogía el patrón e iba a la fábrica, después cogía el producto y lo llevaba personalmente a las tiendas. Ahora hacemos lo mismo pero a gran escala: como no podía competir con nadie y no tenía nada, sólo ofrecía lo que se iba a vender. ¡Mis competidores no tienen nada que hacer contra eso!

– ¿Toda la producción sigue siendo local?

– Sí. Teníamos una fábrica; ahora tenemos siete. Y todas en el Garment District gracias a las ayudas gubernamentales. Es el «made in Manhattan», algo que el consumidor aprecia mucho. Pero el apoyo más importante ha venido del CFDA, un referente a gran escala de ACME en España: tanto Anna Wintour como el resto de la industria se han volcado y han logrado una «win to win situation». Y de Estados Unidos, donde estamos en todos los grandes almacenes y contamos con 130 tiendas propias, nos hemos expandido por Europa, India, Oriente Medio, China, Brasil... Y seguimos trabajando.

– ¿Cuál es el precio de un vestido de Cushnie et Ochs?

– Van más o menos desde los 1.190 a los 1.590 dólares, o sea unos 1.400 euros. Por eso no tenemos más tiendas en España, porque entendemos que aún no es el momento y porque la clientas que está dispuesta a gastarse esa cantidad en un vestido lo va a hacer en una marca que conozca.

– Excepto las «celebrities»...

– ¡Estamos absolutamente fascinadas porque son ellas mismas, ellas solas, las que se compran nuestros vestidos! Desde Kim Kardashian a Jessica Alba, es alucinante. Tenemos muchas fans, aunque de momento no tenemos el potencial para movernos a ese nivel (para diseñar algo en exclusiva para una «red carpet», por ejemplo). A la única persona que le hemos hecho algo a medida es Michelle Obama.

– ¿Cómo surgió esta posibilidad?

– Ella nos lo encargó, ¡y se lo puso! Siempre apoya muchísimo a los jóvenes emprendedores americanos, viste con todo tipo de diseños novedosos, ¡se atreve con todo y encima le sienta genial! Es un honor para nosotros vestirla, aunque nos pilló totalmente por sorpresa. Quería un vestido sexy y elegante para ponerse en Navidad y le hicimos uno con nuestros clásicos «cut outs» en verde botella.

– ¿Vivir la moda a este nivel es tan espectacular o es una ilusión?

– Es absolutamente una ilusión. Vendemos moda pero podríamos estar vendiendo sillas. Después de cada detalle hay infinitas horas de trabajo; la ilusión sólo dura los 15 minutos de la pasarela. Y quien no cae o no quiere caer en la cuenta de esto se estrella o recurre a prácticas poco éticas. No hay excusa para no hacer las cosas bien, ¡por el amor de Dios, que yo soy de Castellón! Yo soy feliz porque he montado una empresa súper bonita, en la que todo el mundo trabaja bien pero, sobre todo, en la que todos son buenas personas.

Locas por los "cut outs"

Ahora los pedidos son masivos y hay una estructura que les da cobertura, pero cuando empezaron eran las propias Cushnie, Ochs y López quienes revisaban la bandeja de entrada. Cuál fue su sorpresa cuando leyeron un e-mail que las dejó anonadadas: «Quiero este vestido y lo necesito ya. Es para Kim. Firmado: Kanye West». Y el del rapero no fue un caso aislado: muchas de las famosas que llevan sus diseños los buscan personalmente, e incluso acuden a los córners de la firma y se los compran. Sus «fidèles» van desde Jessica Alba, Diane Kruger, Jessica Chastain, Eva Longoria o Jennifer Lopez hasta Ivanka Trump, Katy Parry, Selena Gomez, Sofía Vergara o Britney Spears. Cantantes, actrices, «socialités», políticas, «top models» (Lily Aldridge e Karlie Kloss son sus fans número uno)... Nadie se salva del embrujo de Cushnie et Ochs.